Joven de Bosa Piamonte, matón en potencia

abril 20, 2009 9:29 am

La muerte ha sido durante los últimos diez años el amor platónico de Álvaro Acosta, 17 años e hijo de un mecánico alcohólico de 34 y de una ex prostituta de 38.

Cursa noveno grado en un colegio estatal de Bosa Piamonte, en el sur occidente de Bogotá.

Académicamente es un estudiante del montón, y si sobresale en algo es por sus agallas de matón en potencia.

A sus 17 años, Álvaro solo piensa en matar y tiene sentenciado a medio mundo en su colegio.
Medio mundo lo sabe, pero el caso no trasciende por físico miedo.

Todas las mañanas Álvaro entra armado al establecimiento docente. Pero él no carga cualquier arma. Las navajas y los puñales quedaron en el pasado. Ahora se deja acompañar de una pistola que aprendió a camuflar entre sus pertenencias.

La muerte es su obsesión, y no se colorea cuando relata sus fantasías y sueños a la sicóloga del colegio o al cura de la parroquia.

Películas, lectura y música que hacen la apología a la violencia exacerbada, constituyen la “dieta” alimenticia que mantiene vivo a este adolescente.

A sus 17 años, Álvaro se ufana de haberle cortado la cara a una novia de siete años cuando él tenía apenas nueve.

Contra él no pesa acusación alguna y nunca ha sido detenido, se vanagloria.

En Álvaro Acosta, el macho, el gallito de peleas muertas en Bosa Piamonte, se tipifica el de miles de jovencitos de su edad para quienes la vida o “esta podrida existencia”, como él la llama, no parece tener otro valor que el de matar o morir.

Son jovencitos de carne y hueso que se mueven armados de pistola cada día en colegios de secundaria de medio millar de ciudades y pueblos de Colombia.

Y, sin embargo, ellos son un pálido reflejo de una generación planetaria afectada por el vértigo del terrorismo, el deporte más extremo de comienzos de siglo XXI.

Un 20 de abril como hoy, pero de 1999, dos adolescentes entraron armados hasta los dientes en la Universidad de Columbien. Mataron a 13 estudiantes y profesores, hirieron a otros 24 y, al final, se suicidaron.

Álvaro Acosta tenía entonces 7 años y ya corría al café-net de la esquina para “matar” en el videojuego de moda.

Hoy, diez años después, por la mente de este alumno de noveno grado siguen desfilando fantasías macabras que espera volver realidad un día más temprano que tarde. Así lo piensa esta mañana mientras – a dos metros de distancia – su odiado profesor de matemáticas insiste en una ecuación algebráica que a Carlos lo tiene sin cuidado.

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