EDUCACIÓN DE POBLACIÓN VULNERABLE, FRONTERA Y OLVIDO

abril 7, 2013 9:47 pm

JULIO FERNANDO 2 (2) Por: Julio Fernando Rivera Vallejo

En el caso de Nariño, la esquina sur occidental, donde empieza Colombia, mientras la frontera política lo separa del Ecuador, la realidad socioeconómica lo separa es de la Colombia, que lo ha ignorado desde el comienzo mismo de su historia, cuando estuvo más cerca de Quito que de Popayán, situación que, en buena medida se puede graficar diciendo que sobre esa porción de los Andes, suena con más sentimiento cualquier canción de Julio Jaramillo o de Olimpo Cárdenas, que la voz de Claudia de Colombia, y que llegan más rápido y más fácil las remesas de alimentos ecuatorianos provenientes de Tulcán, incluyendo las tradicionales galletas ´´Amor´´ , que los productos nacionales que por la mal llamada carretera Panamericana, se envían del centro del país a través de la capital caucana.
Y es que, cantar el himno nacional e izar la bandera de Colombia, en ese territorio tan alejado del Palacio de Nariño, que paradójicamente no está en Nariño, es un lindo y emotivo recuerdo de infancia que se queda en la mente, permanece en el alma e impregna el cuerpo; que identifica a su pueblo con un pasado, que lo une en el presente y lo aglutina en torno a la esperanza de un mejor futuro.
Sin embargo, cuando el uso de razón marca el despertar de inquietudes y la aparición de interrogantes, al cruzar el Puente Internacional de Rumichaca, se borran de tajo las enormes distancias imaginadas en los mapas calcados en la infancia, percibiendo que muchos pueblitos contiguos dan forma a territorios y a territorialidades que no están sitiadas por los símbolos patrios, desbordan los controles fronterizos y tienden sobre el rio divisorio, más que puentes oficiales de cemento y clandestinos de guadua, lasos de amistad y de hermandad que se expresan entre otras manifestaciones, en los nostálgicos acordes de una música que le canta a las mismas frustraciones y a idénticos sueños.
Así, comunidades indígenas como las de los Awa, los Pastos y los afro de ambos lados de la frontera, conviven armónicamente como buenos vecinos, construyendo un tejido social típicamente artesanal como el que con colores fluorescentes adorna sus ropas y le da identidad a los sombreros de paja toquilla, que no tienen mucho que ver con los de más arriba. La fría sierra andina, la selva casi virgen, de no ser por los grupos al margen de la ley que le chupan la sabia y el litoral pacífico convertido en autopista del narcotráfico hacia centro y norte américa, son los estadios en los que la tradición de los pueblos siameses se hace fuerte y se resiste a la multiculturalidad que con DirecTv y los celulares amenaza como una aplanadora con pulverizar una historia que desesperadamente busca aferrarse a la interculturalidad fronteriza para compartir sus costumbres y sus saberes con el mundo exterior globalizado, sin que su identidad se pierda.
Como sucede en todas las latitudes, en estas dos naciones, la sonora expresión ´´ interculturalidad ´´se utiliza en distintos contextos y, por ello en diferentes acepciones. En Ecuador, seguramente surge cuando el carácter de los indígenas consigue mantener su autonomía frente a la injerencia federal de las provincias y consolida una educación propia fortalecida por la férrea voluntad de una comunidad que no está dispuesta a claudicar ante la educación oficial o hispana, como con reserva la llaman los nativos, mientras organismos oficiales y no pocos entes privados nacionales e internacionales asocian la interculturalidad con la diversidad cultural especialmente y, exclusivamente en unos casos, con los indígenas y los afro descendientes, quedándose a la deriva a mitad de camino, pues, la marginalidad de la provincia fronteriza es caldo de cultivo para cuestionar el centralismo nacional y busca otras maneras de pensar, de actuar y de vivir, como han hecho las organizaciones afro situadas al norte de Esmeraldas, la Red de Concejos Comunitarios del Pacífico Sur Nariñense y, también, las organizaciones Awa UNIPA (Unidad Indígena del Pueblo Awa de Colombia) por un lado y, por el otro, FEDAWA, (Federación de Comunidades Indígenas Awa de Ecuador), que sobreviven en medio del conflicto armado colombiano, las fumigaciones con glifosato para combatir la droga, la explotación de palmicultores, mineros, madereros y camaroneros, que imponen su poder económico lícito e ilícito en medio de un multiculturalismo que arribó al Nuevo Mundo con la llegada de los españoles
Son estos, esfuerzos para que del abandono del centralismo, surja la fortaleza de preservar culturas e identidades, exigiendo el respeto a la diversidad de pueblos ancestrales que, más que resignarse a la multiculturalidad que trae el auge de la globalización, pretenden conservar sus tradiciones y, partiendo de la interculturalidad que acepta, reconoce y valora sus conocimientos y saberes, persisten en seguir escribiendo una historia en la que ellos sigan siendo los protagonistas.

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