Tengo sed

abril 21, 2014 7:30 am

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San Juan, Capítulo XIX, versículos 28 y 29:
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura dice: “Tengo Sed”. Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca.
Señor:

Desde todos los puntos del dolor y de la sed humana, hemos llegado hoy hasta ti los peregrinos de la tierra. De las altas soledades azotadas por la frívola incomprensión, los que sufren persecuciones por su amor a la justicia; de las simas profundas convulsionadas por la garra del odio, los sedientos del ideal, que un día olvidaron los signos del viejo cauce y que yacen huérfanos de la cisterna salvadora; los devorados por la vanidad; los enfermos de orgullo; los paralíticos del alma crucificados a los oropeles del mundo, que han perdido el sentido exacto de las cosas y que ignoran el profundo contenido de la vida; los desposeídos de la fortuna, inermes víctimas de la explotación económica, entregados a la pesadilla de su inconformidad, al infierno de su rencor y al abandono de su desesperanza; los pobres de espíritu, los mansos, los que han llorado la fragilidad de los amores humanos.

Unos llegan desilusionados de todas las doctrinas, fatigados en la búsqueda de la verdad por los áridos caminos de la sabiduría humana; otros, que anhelaron el imperio de la paz y el triunfo del orden en las cláusulas de los tratados y en la leyenda de los códigos, hoy desesperados contemplan una Colombia sangrante, presa de odios y estrangulada por las garras de la venganza. Muchos están cansados de aglomerar riqueza, de afanarse por el logro de los bienes materiales, pensando que en ellos radicaba el esperado reposo de la vida, no habiendo cosechado cosa distinta que un afán sin objeto, que una inquietud sin fundamento, que un desasosiego sin tregua. Hay quienes han soñado el reino de la justicia para romper las cadenas de la esclavitud económica y seducidos por voces embrujantes no han encontrado más que un ilusorio halago y una perpetua desesperanza. Unos y otros sufrimos el terrible mal de la época; hemos perdido los signos de la brújula y presas del desconcierto en vano luchamos entre los fragores del caos. Unos y otros estamos sedientos de amor, ávidos de fe, anhelantes de paz, ansiosos de encontrar el horizonte que un día aciago naufragó entre las brumas la tempestad.

En un mundo dominado por la economía, por el poder del dinero, por el endiosamiento de valores intrascendentes frente al olvido de los principios eternos y por la apetencia desbordada de bienes terrenales, el hombre contemporáneo, curiosamente, padece de muchos tipos de Sed. Sed de pan, de salud, de educación y de bienestar; sed de paz, de tranquilidad y de sosiego; sed de amor, de comprensión y de ternura; y hoy también y especialmente sed de justicia.

La tiranía económica ha sido el mal de la época, fruto del abuso de la libertad implantado por la reforma protestante y del imperio de la máquina como anhelo soñado del capitalismo. El hombre, ausente del Evangelio, ensoberbecido por los humos de la razón, arrancado de la fe en su destino ultraterreno y estimando que sus raíces solo estaban hundidas en la estrechez de la tierra, creyó que el atributo de su individualidad se traducía en individualismo y ahogando los clamores de la moral se precipitó al desenfrenado logro de la riqueza. Así la humanidad ha quedado dividida en dos bandos irreconciliables: el de los que tienen mucho, frente al de los que no tienen nada. Para los primeros lo urgente es acumular, entregarse a la concupiscencia del dinero y mover las palancas para la explotación de los vencidos; para los otros, todo el ideal pareciera consistir en despojar de lo ganado a quienes ya lo tienen acumulado sin medida. El problema social es el cáncer del mundo contemporáneo. Esta planteado hoy con características especiales, más angustiosas que las que el hombre observó en épocas pasadas, pues los unos y los otros, los ricos y los desarrapados, todos están luchando fuera de Cristo, es decir, con olvido de que somos iguales ante Dios, hermanos en Dios, y que en el imperio de este Rey nos encontramos sometidos a los mandatos de su justicia y a las normas de su caridad.

Dentro de las concepciones de la iglesia la cuestión social es antes que todo una cuestión moral. Es cierto que Cristo enseñó una doctrina espiritualista y que nos ha prometido un reino más allá de este mundo; pero no despreció, y antes por el contrario mostró preocupación sublime por los reclamos corporales. Creó todas las cosas para el uso de quienes fueron redimidos por su sangre. Un día pensó en el hambre de los que le seguían embrujados por su palabra y multiplicó abundantemente los panes y los peces. Y en las bodas de Canán derramó su bendición para que el agua de los odres se trocara en vino generoso. Guiada por las enseñanzas de su fundador, la iglesia no ha cerrado los ojos a los fenómenos de la tiranía económica contemporánea y contra ella ha predicado su doctrina y ha lanzado su anatema. El trabajo es un mandato de Dios, instrumento para que toda persona atienda a la satisfacción de sus necesidades, pero no ha de tenerse como mercancía, sometida a la ley de la oferta y la demanda, sino como vital actividad de seres racionales, en orden a conseguir lo indispensable para la subsistencia. Así entonces, quien explota el trabajo del hombre comete una injusticia, merece castigo de Dios y peca contra los mandamientos de la Iglesia.

Tánto como a las doctrinas que predican el destierro de Cristo, hay que temer a los falsos católicos, que pregonan de labios el texto del Evangelio, que asisten a los templos y recitan los salmos del oficio, pero que tienen el alma entregada a la voracidad de la riqueza y el corazón endurecido por los óxidos del dinero. Ser católico es un título que implica sacrificios; un sello que se adhiere con privaciones, una condecoración que se cifra sobre cruces y un escudo que se gana en la lucha con el propio renunciamiento. Por eso, el retorno a Cristo, tiene que implicar el renacer de los hombres al auténtico catolicismo: al que tiene más hechos que palabras; al que practica más justicia que falsa filantropía. Antes que por un catálogo de normas, el católico está dirigido por una inquebrantable vocación moral, que lo aparta de los tentadores abusos y que lo constituye en verdadero hermano de sus semejantes. Católico no es el que reza y niega el jornal de sus trabajadores, ni el que da limosnas en la puerta y burla la dignidad de sus empleadas, ni el que ofrece incienso en público pero no siente justicia ante el sudor de sus obreros; lo es de verdad, solo el que coloca a Dios por encima de las riquezas y el que pone a los hombres a cubierto de la explotación económica.

Junto a la transformación y renacer de los poderosos, necesitamos tanbién el renacer y la transformación de los oprimidos. Ellos, los pobres, son cercanos hijos de Dios, muy amados por Cristo en todos los pasajes del Evangelio, sujetos de prerrogativas inviolables, pero con deberes que cumplir, con mandamientos que obedecer y con responsabilidades que no se pueden posponer. También hasta ellos ha llegado el pagano contagio de la hora de ahora y no sólo son víctimas de la explotación de los de arriba sino de la que ejercen sobre ellos además los falsos apóstoles, los mentidos conductores y las falsas iglesias. Ellos necesitan más que nunca el renacer en la verdad Cristiana, para curar su rencor, para amortiguar su inconformidad, para comprender que en este mundo impera la ley del dolor… pero que hay otro mundo, donde serán bendecidos los que aquí al dolor se han abrazado. Los obreros dirigidos por Cristo no se entregan a la desesperanza, ni predican el odio cobarde o la destrucción inútil; sobre el cúmulo de las injusticias, fortalecen su fe y en la adversidad de su destino construyen su esperanza en un mundo más justo para todos.

Las difíciles circunstancias de orden público por las que atraviesa nuestra nación, resquebrajada por el azote de la violencia que golpea con odio y crueldad las estructuras de una sociedad cada día más débil, impotente y temerosa frente a las fuerzas que se afanan por destruirla, nos obligan a reflexionar sobre esa sed de paz, de orden y de seguridad que hoy padecemos los hombres y mujeres acampados en este lote amargo en el reparto de los tiempos. Cristo vino por vez primera a un mundo saturado de violencia, donde mientras unos se entregaban al abuso del poder o a la concupiscencia de los placeres, los más gemían sumidos en la sombra de la esclavitud. Entre ellos levantó su palabra, enseñó su doctrina, dictó el Evangelio de su ejemplo y firmó sobre la cruz la escritura de la redención. Desde entonces es una verdad el postulado de la dignidad humana que ha servido como pilastra de nuestro auténtico orgullo y que desviada por cauces desorbitados ha sido levadura para fermentar todas las revoluciones. Cristo enseñó que entre el frágil barro de la existencia corporal arde la lámpara del espíritu hecha a imagen y semejanza de Dios; que todos somos peregrinos del mundo, transeúntes por la amargura de la tierra, dueños de un destino más alto, poseedores de un ideal más noble, herederos de una bienaventuranza eterna; hijos iguales de Dios, sin distinción de razas, pueblos, ni aptitudes; idénticos en el seno del Padre; semejantes ante su amor, ante su justicia y su misericordia; y para probar esta doctrina, elevó su cruz sobre todos los paisajes y cifró su resurrección en el pórtico de todos los horizontes. De este modo, el hombre venido de la oscura culpa original, redimido por Dios y hecho para la posesión de Dios, encontró en su alma inmortal el más alto valor de la personalidad humana. Fue así como los desposeídos encontraron consuelo, los humildes quedaron ensalzados, la mujer dignificó su virtud y los niños fueron mirados como la sonrisa de Dios regada por los caminos del mundo.

De la dignidad humana surge, entonces, una racional concepción de la vida política y un justo equilibrio entre la libertad y la autoridad. Para realizarse en forma tangible, la doctrina católica no señala una determinada forma de gobierno y su espíritu se amolda a todas las que inventen los hombres. En la monarquía o en la democracia puede circular la savia del Evangelio. Lo fundamental es que en la vida del Estado el hombre sea tenido como hechura de Dios, como redimido por su sangre, dueño de un cuerpo que es templo del espíritu y de un alma destinada para los reinos de la inmortalidad; que es señor de su propio destino, libre para escoger el sendero y responsable por consecuencia de todos sus actos. La iglesia ha combatido toda clase de esclavitud, la que se impone por cualquier sistema y la que se disfraza con cualquier nombre. Y por lo que ha sido la tenaz defensora de la dignidad humana, lo es también de la libertad, cuyas fronteras están solo amojonadas por los derechos de Dios y por los derechos del hombre. Al defender la libertad, la iglesia resulta ser el mejor sostén del orden y el sólido cimiento para toda autoridad. Porque sin autoridad, …. ninguna libertad queda asegurada. El libertinaje es el fácil camino que recorren los poderosos para consagrar la esclavitud de sus semejantes. Dentro de la libertad sin fronteras la opresión es una consecuencia irremediable; en tal imperio triunfan los más fuertes, los más audaces, los más astutos que entronizan su victoria sobre un pedestal de desposeídos, de temerosos o de inválidos. En el reino de Cristo, en cambio, los misericordiosos serán bienaventurados porque recibirán misericordia.

Un día surgió el estatuto de los Derechos del Ciudadano y la suma concreción de tales afanes no fue otra cosa que la libertad de elegir o de ser elegido: es decir, de poder gobernar o de escoger libremente los gobernantes. De estas luchas, en la mayoría de los casos guiadas por la soberbia y huérfanas de un contenido cristiano, nació lo que se denomina un régimen democrático. Todos pensaron que este sistema entrañaría la clave de la felicidad colectiva; pero también la democracia sufrió quiebras sucesivas y a su turno dio pretexto para el nacimiento de modernas y poderosas dictaduras. Por último, y como consecuencia del general desajuste, una segunda guerra universal azotó pueblos, destruyó riqueza, aniquiló poderíos y sembró de dolor, desilusión y amargura el alma de los sobrevivientes. A ella fueron los hombres para definir el duelo entre las democracias con libertad exagerada y los Estados totalitarios dominados por el abuso de la autoridad política; de la polarización de los extremos solo ha quedado una montaña de cenizas, de las cuales empieza a formar sus alas el fénix de una nueva tragedia. Dentro del actual caos, solo la doctrina de Cristo enseña el camino recto y seguro. Según ella, el Estado es la organización de la sociedad humana necesaria para el perfeccionamiento del hombre, pero del hombre dueño de una alma superior a todas las opresiones, libre y responsable, con derechos que ejercita pero también con deberes que cumple. Ni el abuso de la libertad para hacer imposible la organización racional del Estado; ni el abuso del Estado para aniquilar el ejercicio de la libertad individual.

Colombia tiene una insaciable sed de paz, es cierto, pero ¿cómo salir de este laberinto de angustias?. ¿Cuál es la solución para armonizar tantas tendencias y aspiraciones?. Cómo encontrar la reconciliación de nuestros compatriotas y con ella el desarmen de las manos y de las almas?. Tenemos que retornar afanosos, de verdad más que de palabra, de corazón más que de apariencia, a las fuentes inagotables del Evangelio. Retornar a Cristo para sumergirnos en el pozo de su doctrina, para abrazarnos a la enseñanza de su cruz, para hacer que la ley de su justicia impere en todos los ámbitos del hombre y del planeta. Pero ¿cómo retornar a Cristo en una época atormentada por las urgencias materiales, imbuída por el rencor y el egoísmo, uncida al desenfreno y al libertinaje?. Hay en el Evangelio de San Juan un pasaje profundo: ….. Había un hombre de la secta de los fariceos llamado Nicodemo, varón principal entre los judíos, el cual fue de noche a Jesús y le dijo: “Maestro, nosotros conocemos que eres enviado de Dios, porque ninguno puede hacer los milagros que tú haces, a no ser de tener a Dios consigo”. Respondióle Jesús: “Pues en verdad en verdad te digo, que quien no naciere de nuevo no puede ver el Reino de Dios”. Dícele entonces Nicodemo: “¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo?; ¿puede acaso volver otra vez al seno de su madre para renacer?.

He aquí, señoras y señores, la interrogación y la respuesta. Para reconciliarnos con la vida tenemos que comprender la exacta finalidad de la vida. Para distinguir la verdad, hay que volver las miradas al cielo. Para abarcar la enseñanza inmortal y defender la libertad en su exacta medida, tenemos que renacer, es decir, volver a la entraña materna y nacer de nuevo. No basta el cambio de las instituciones, de los sistemas y las leyes. Nada obtendremos con cambiar de planes, con sustituir la dictadura por la democracia, la opresión política por el libertinaje, la desigualdad económica por el reparto de los bienes en la tierra; lo que necesitamos es cambiar a los hombres, volviéndolos a la cuna del Evangelio, para que mecidos en su espíritu, renazcan y crezcan en la verdad de Cristo, la estrella no apagada por los embates de la revolución marxista.

Y no puedo terminar estas palabras, sin hacer una breve referencia a ese nuevo género de sed que es la que hoy muchos en Colombia padecemos y que se materializa en la necesidad angustiosa de justicia. En épocas aún vívidas en la memoria, la justicia era el bien supremo al que más allá de las lealtades partidistas, de los intereses económicos o de las aspiraciones personales, todos confluíamos. Pero de un tiempo para acá, los colombianos extraviamos la ruta. El auge desmedido de influencia de los medios de comunicación secuestró la justicia; la sacó de los salones austeros y sobrios de los tribunales para plantarla en un teatro de parafernalias, patrocinado por una pauta de odios, de intereses mesquinos y de venganzas, para cuyas funciones nocturnas ha pagado taquilla una opinión pública maleble que ha eregido como dioses a periodistas que compiten por esa audiencia de fanáticos. Pero lo peor de todo es que en ese torbellino vertiginoso y delirante han caido hombres a quienes la vida les confirió nada menos que la administración de justicia. Y presas de su vanidad, adictos a las encuestas de popularidad que moldea una galería ansiosa de sangre, profieren decisiones agenas a la objetividad de los hechos pero cercanas a los aplausos fáciles de un público exitado por el mal de los demás. Y compiten entre si para ganar la contienda de quién actúa con más eficacia que en no pocas ocasiones es un disfraz a la sebicia….. Los unos, consecuentes con su visión descreída de Dios y los otros utizándolo a Él como mampara para sus propósitos. Es como si volviéramos el reloj del tiempo 2000 años atrás. Cristo fue víctima de esa justicia injusta. Su primera condena la recibió no en el recinto abierto donde se impartía la justicia judía, sino en la oscuridad de la casa de Caifás, el sumo sacerdote, el fiscal que se había prometido a sí mismo condenarlo, sin pruebas distintas a los testigos falsos. Como su fallo a todas luces era endeble, recurrió a legitimarlo en lo salones del poder romano, con la fortuna para sus propósitos que dio con un juez pusilánime, también suceptible a los aplausos fáciles, que no dudó en firmar la condena cuando encuestó a la turba enardecida que escogió a Jesus y absolvió a Barrabás.

El laberinto de la justicia mediática puesta al servicio de oscuros intereses debe terminar en Colombia, para dar paso otra vez a la justicia justa, impartida por jueces y fiscales probos, inmunes a los cantos de sirena que los halagan hoy y los olvidan mañana, que tengan como derrotero las enseñanzas divinas, pues finalmente, algún día solo ante Él deberán rendir cuentas de sus fallos. Bienaventurados los que padecen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados !!! ; pero especialmente bienaventurados los que la imparten con devoción y rectitiud, porque para ellos será el beso de la gloria.

El retorno a ti, Señor; el renacer en tu verdad y el conseguir por ella la libertad que nos dignifica, es el imperativo de quienes hemos llegado al pie de tu estandarte e hincamos la rodilla al peso de tu escudo.

Señor: aquí estamos los cansados por un viaje sin rumbo, los marinos sin brújula, los oteadores sin horizonte, los que sufrimos desilusión, pesadez y agonía. Aquí hemos anclado, hartos de equívocas doctrinas, astiados de mundanas palabras, en busca de la Tuya, que es como el rocío refrescante de la mañana. Señor, estamos sedientos de amor; como en las bodas de Canan, bendice los odres que han de curar nuestros labios marchitos; estamos hambrientos de tu pan; multiplícalo como a las multitudes que escucharon el canto de las bienaventuranzas; estamos paralíticos, mudos y ciegos; devuélvenos la luz de tu Evangelio, la palabra de tu promesa, la vida de tu gracia. Te adoramos en las humildes pajas del pesebre y en el brillo rutilante de la estrella que condujo a los Magos; te seguimos a lo largo de tu vida silenciosa en la artesanía de Betania; nos embarga la dulzura de tu demanda en el brocal de la cisterna de Job; nos subyuga tu bondad cuando curas al paralítico de la piscina, cuando devuelves la luz al ciego de nacimiento, cuando retornas la paz a la mujer adúltera, cuando haces brotar de la roca fría la poderosa resurrección de Lázaro. Te acompañamos con palmas en tu entrada triunfal a Jerusalén; vigilamos tus pasos en el camino al Gólgota de la amargura y nos inunda de dolor la inconmovible soledad de tu Cruz.

Y aquí estamos, proclamándote Rey nuestro, porque has vencido al pecado y a la muerte; porque has roto las cadenas de nuestra esclavitud; porque has ennoblecido el dolor y santificado la desventura; porque tu palabra está cifrada en el telón de todos los siglos que en vano intenta borrarla la necia soberbia de los hombres.

¡Señor!, toca el corazón de los poderosos para que rindan su poder; el de los violentos, para que dobleguen sus armas; el de los favorecidos en la tierra, para que recuerden tu caridad; el de los duros, para que lo troquen en ternura; el de los magistrados, para que no olviden tu justicia. Vuelve tus ojos de carpintero, de pescador, de Rey humilde, a los desheredados, a los obreros del campo y de la fábrica, a los que ganan el pan con su inteligencia o con el músculo y devuelveles tu fe, la consolación en tu ejemplo y la esperanza en tu recompensa.

Reconcílianos a todos en el abrazo de tu iglesia, desarma nuestros espíritus para lograr la paz como fruto del Evangelio y dadnos la corona de tu amor, que es oro de luz y pedrería de gloria.

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