robertosaenzHubo un momento en la vida de la familia Saenz en que todos se fueron, huyéndole a la muerte. O buscándola.
El uno a la guerrilla, el otro fuera del país –esquivando las balas que sentía en la espalda-, algunos para alejarse del peligro. La mamá, porque se murió. Y el menos rebelde porque lo secuestraron los paramilitares, al confundirlo con uno de sus hermanos comunistas.

Carlos Castaño lo mantuvo 9 meses amarrado a un árbol.

Son siete hermanos, sólo una mujer. El mayor, Guillermo León (transformado en alias Alfonso Cano) se cansó de tirar piedra en Bogotá y se fue al monte, a echar bala y el discurso comunista de las FARC. Lleva allí 30 años. Hay quienes –conocedores a fondo del tema-, aseguran que manda más que Tirofijo. Y eso es mucho decir.

Pero “Cano” no es el centro de estos perfiles, dedicados unicamente a los concejales elegidos en 2007, donde sí es protagonista su hermano, Carlos Roberto, uno de los protegidos de Lucho Garzón y del Polo Democrático.

Otros harán la historia de “Cano”, con todo y la condena a 40 años de cárcel porque, según decisión judicial, enjuició y mató a 40 compañeros, que desobedecieron una orden, se robaron una panela o comieron más de la cuenta. Sin contar sus “ejecutorias” como miembro del Secretariado de las Farc.

En la casa de los Sáenz Vargas, conservadores de Boyacá, creyentes, de misa y comunión (don Luis, ingeniero agrónomo, y doña Alicia maestra de escuela) todos eran recios. Y no por resentidos con la vida o por haber soportado hambre en su infancia. No, señores. Eran duros porque tenían todos la certeza de que sólo así lograrían salir adelante en la vida.

Los Sáez Vargas conformaban una familia de clase media alta, que vivió primero en Chapinero y después en inmediaciones de Unicentro, cuando el lote era campo de fútbol, antes que edificaran el centro comercial y el arrume de edificios uniformes a su alrededor.

Su mamá (“por más hacer”) no matriculó a sus hijos en colegios privados, sino que los llevó a escuelas públicas, para que conocieran las necesidades de los más pobres. Primero al barrio Gaitán y después al colegio para hijos de educadores, en la calle 67 con 11.

Apenas en segundo de bachillerato (séptimo año) el niño Carlos Roberto lideró una protesta contra el profesor de religión, no porque discrepara de sus enseñanzas sino por el tonito que empleaba para impartir disciplina. El día que el profesor le jaló una oreja al arisco Sáenz, tembló el colegio.

Y cuando le exigieron cortarse el cabello, la protesta se volvió burla. Carlos Roberto se rapó la mitad de la cabeza, delante de todos. Mitad calvo, mitad melena. El desafío fue castigado con la expulsión.

Los colegios privados –varios, muchos- recibieron al muchacho, que en cada uno organizó su marcha estudiantil o dejó en ridículo a un profesor. En secundaria, fue presidente de la Federación Distrital de estudiantes.

Más tarde, presidente del Consejo Estudiantil de la Universidad Pedagógica , hasta cuando fue acusado de quemar un bus y debió fugarse, por primera vez, del país. Después, esas fugas se le convirtieron en una especie de vicio. Eran tiempos del estatuto de seguridad y las caballerizas de Turbay Ayala.

Los estudiantes de la Pedagógica siguen tirando piedra, pero Sáenz los mira hoy desde su oficina particular, ubicada en la avenida Chile, el centro financiero más exclusivo de Bogotá.

Antes de seguir, quiero contarles que los dos hermanos Sáenz se vieron en Caracas, en 1991, y Tlaxcala, México en 1992, en desarrollo de procesos de paz promovidos por el gobierno colombiano. Ninguno quiso cambiarse de bando. “Cano” era vocero de las Farc. Y Carlos Roberto, del “establecimiento”.

El concejal Sáenz ya había sido miembro de la corporación, como suplente de Mario Upegui, una leyenda allí y en la izquierda colombiana.

Una madrugada tuvo que huir despavorido para salvar su vida y la de sus cuatro hijos. Estuvo en Alemania Oriental (obviamente). Otra vez salió corriendo porque las autoridades colombianas no le pudieron garantizar la vida. Y vivió en Suiza (cuatro años), por cuenta de una gestión de Samper y Serpa, como funcionario diplomático no como exiliado (“no me lo merecía”).

En cierta ocasión, cuando las cosas se pusieron más complicadas, lo enviaron a Nueva Zelanda (año y medio). Lo importante era impedir que otros lo remitieran al infierno.

En Ginebra, se encontró con Lucho Garzón, quien lo comprometió en su campaña a la alcaldía y después como funcionario de su gobierno. Los derechos humanos y el tema ambiental se convirtieron en su especialización.

Perfil bajo, tono sereno, sin barba (para no parecerse a su hermano mayor) y mucho deporte. Para estar a tono con el alcalde Garzón, regresó a la soltería, dejó a su mujer y sus hijos viven en el exterior.

Las consignas de Sáenz, en campaña y ahora en el concejo, son conciliadoras:

-Coincidimos con el alcalde. Adelante la política ambiental.

-Suficiente 10 años de reflexión ambiental, ahora propuestas claras.

-Con la camiseta puesta por el acuerdo humanitario.

Sáenz es, además, el único que puede decirle con confianza a “Alfonso Cano”:

¡Hermano, no joda más, suelte a todos los secuestrados!

Tomado del libro: Artunduaga desnuda al Concejo de Bogotá

8 respuestas a «El hermano bueno de ‘Alfonso Cano’»