EL MEJOR GOL DE LOS HINCHAS

junio 19, 2014 8:33 am

Andrey Porras Por Andrey Porras
Después de la inmensa dicha que causó el triunfo de Colombia en su primer partido en el mundial, decidí celebrar con una pizza al horno en un restaurante del norte de Bogotá. Con inmenso asombro tuve que observar la manera como unos hinchas, colombianos al igual que yo, arrojaban harina a los carros, rodeándolos de forma arbitraria y hasta subiéndose a sus latas, en un amplio ejemplo de devastación y desmesura.

Temí sufrir tal embate de felicidad equivocada y desmedida, pero un azar me permitió escabullirme y llegar a salvo para degustar el sabor del almuerzo anhelado. Sin embargo, como hincha desilusionado de nuestras anteriores participaciones en los mundiales, recordé las consecuencias que tuvieron lo opuesto, lo contrario, hace más de 16 años: el asesinato de un jugador de fútbol.

Claramente, si se hace una comparación entre las dos épocas, pareciera que en el inconsciente colectivo existiera el mismo veneno, bien sea por culpa de la derrota, bien sea por culpa de la victoria, el resultado es el mismo: euforia destructiva.

En la noche del sábado, 14 de junio, hubo 9 asesinatos, 15 heridos y 3000 riñas, según informó el alcalde por una red social. Aunque no todos estos hechos pueden ser atribuidos a la felicidad por el 3-0, sí es motivo de preocupación la manera como se llega al mismo punto, sea por exceso (este mundial) o por defecto (los otros dos anteriores mundiales)…hay una inevitable tendencia a la tragedia que se busca justificar en nombre de cualquier motivo.

La pregunta es la siguiente ¿por qué creemos que la devastación, la tristeza, la desilusión, la pérdida, la tragedia, el dolor, la mentira… justifican cualquiera de nuestros actos?

Y de la misma forma, ¿por qué creemos que la felicidad extrema, el éxito incalculable, la lucidez, los hitos en la historia, las huellas trascendentales pueden llevarnos a un punto esquizofrénico donde seríamos capaces de hacer tratos con la muerte?

Las dos desmesuras abren un inmenso hoyo negro en la manera como entendamos ese mal llamado “espíritu colombiano”, esa mal sonada “queja patriótica”. El silencio de los colombianos tiene que estar muy enfermo para tener que materializarse en agonías tan críticas como las de sentir el mismo veneno ya sea en la alegría o ya sea en la derrota, y aunque esté del lado de la celebración, de la alegría, el límite interpuesto entre mi felicidad y la del otro no tiene por qué romperse con despropósitos que llegan hasta la violencia.

Andrés Escobar, el excelente central del Atlético Nacional de Medellín, en los años 90, cometió un error, pero no por culpa de ese autogol Colombia quedó eliminada por el anfitrión de aquel mundial de fútbol. Quienes hemos jugado alguna vez, sabemos que la cualidad de enmendar los errores tiene sentido antes de los 90 minutos, es decir, los errores se enmiendan dentro del tiempo reglamentario. El de Andrés no fue el único de los errores que se cometieron en los dos partidos que nos eliminaron, y ninguno de los jugadores pudo enmendar ningún error, por lo que esa no fue la única razón de la eliminación. Por lo tanto, la desmesura de su asesinato no tiene ninguna justificación.

De esta misma forma, el que podamos celebrar una eventual clasificación no justificará euforias malintencionadas que lesionen la integridad de las personas.

Para exorcizar sus fantasmas, Andrés Escobar escribió una carta que fue publicada el 29 de junio de 1993, días antes de su asesinato. En ella invitaba al país a la cordura y recordaba que el mundo no termina en una eliminación. Por fortuna, los jugadores que enfrentarán mañana a Costa de Marfil tienen otra educación, pertenecen a otro contexto, y más allá de su derrota o de su victoria, les han pedido mesura a los colombianos, se han unido a la intención de la carta de Andrés, pues reconocen que es preciso un cambio en la conciencia de sus compatriotas.

El mejor gol de los hinchas es el de celebrar con mesura.
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#andreyporritas

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