SIN LOCURA, NO HAY MILAGRO

junio 30, 2014 10:50 am

Andrey Porras Por Andrey Porras
El título de esta columna se lo debo a un excelente comentario que hizo Roberto Perfumo, actual periodista de ESPN y central insigne del fútbol argentino, apodado El Mariscal, en el programa “Hablemos de fútbol”, el día anterior al partido entre Colombia y Uruguay, en los octavos de final de la Copa Mundial de la FIFA 2014.
Se hablaba sobre lo que hace contraste dentro de un partido de fútbol cuando las habilidades técnicas se mantienen… ¿qué hace entonces la diferencia?… la locura, el atrevimiento, la sana malicia natural del juego.

Y aunque la locura sea sinónimo de muchos significados, quisiera agregarle hoy un significado más, el de la grandeza, pues nuestros muchachos de la selección Colombia, después de cuatro intensos partidos, lo único que han encontrado dentro suyo, y que se lo han regalado al país, es su magna e inconmensurable grandeza.

Grandeza… porque, desde su humilde procedencia, a pulso de desaires y desganos, fueron ocupando el puesto que tienen hoy, la gran mayoría, en el fútbol internacional. Grandeza… porque, a pesar de su éxito, no establecen relaciones con el escándalo, la envidia, el forcejeo económico o la ambición sin límites. Grandeza…porque se supieron incompletos a la hora de armar un equipo nacional, reclamando la necesidad de un guía al que le creen, admiran, y por sobre todas las cosas, le hacen caso. Grandeza… porque sus declaraciones están repletas de mesura, conciencia, anti-rivalismos ni lugares comunes, “pensando siempre en el siguiente partido”. Grandeza…porque han reconocido que lo suyo es estar juntos, en un ambiente amable, de respeto, con el trabajo insistente cada día, la alegría original al momento de celebrar los triunfos y la tranquilidad del que hace siempre las cosas bien.

En un país como Colombia, donde escasean este tipo de manifestaciones, lo más lógico es que la euforia nazca desde el sentimiento, es decir, que la secuencia de triunfos no se sienta como hechos aislados increíbles, sino como parte de un espíritu vivo. Es por eso que hinchas, locutores, televidentes, famosos y todo aquel que tenga la camiseta amarilla (roja, azul, hasta la blanca) puesta, puede llegar fácilmente al paroxismo de las lágrimas, manifestación pura de un sentimiento agazapado que nos cuenta otras historias, que nos narra desde otras latitudes y que nos enseña el valor de la vida a partir de unos sencillos y humildes muchachos que patearon el balón desde su infancia.

El impacto que esto conlleva en una sociedad tiene el valor de dejar huellas en las historia, o puesto en otras palabras, tiene la marca profunda del cambio de referente… ya no más menciones de vanagloria al 5-0 contra Argentina, en las eliminatorias al Mundial de 1994; ya no más escorpiones faranduleros en estadios míticos europeos, inútilmente esbozados en un partido amistoso; ya no más empates agónicos y de último minuto contra grandes equipos en Italia 90…el cambio de referente es una trasformación del pensamiento que ayuda a entender la victoria como un escaño más, como una motivación más, porque lo que se logra nos es increíble, sino construido con las manos, merecido por el trabajo, celebrado por la ayuda de todos.

No se trata de demeritar las glorias del pasado, pero su equivocación fue creer que hasta allí se había llegado, que la historia terminaba con la hazaña, en lugar de entender que la hazaña es el inicio para poder crear una nueva historia constante y sostenida.

El grito y las lágrimas de los hinchas tienen hoy una consigna entremetida bajo la piel: hay fútbol sin narcotráfico, hay fútbol con decencia, hay fútbol competitivo, hay fútbol para alegrar los corazones, hay fútbol en la nobleza y la humildad de unos trabajadores incansables.

Bien decía Perfumo, sin locura no hay milagro, pero esta vez la locura tiene nombre propio y se llama Colombia.

Y por su parte, el milagro pueda que ocurra, el mano a mano está abierto.

Una respuesta sobre “SIN LOCURA, NO HAY MILAGRO”

  1. Álvaro Guzmán Tovar en junio 30th, 2014 2:20 pm

    Felicitaciones Andrey, excelente columna.

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