Un gamonal sin la camiseta tricolor

julio 12, 2014 7:47 am

Andrey PorrasPor:Andrey porras
La imagen de un gamonal aferrado ciegamente a su verdad existe desde las memorables páginas de la novela de Juan Rulfo, Pedro Páramo, hasta los trinos que durante el partido de Colombia frente a Japón escribió el senador electo, jefe ideológico y supremo del partido Centro Democrático, el pasado martes, 24 de junio.

Imagino la intranquilidad del recién electo senador, colocando las palabras en su cuenta, mientras toda Colombia gritaba los goles de Jackson, James y Cuadrado. Más que tristeza supone esta imagen… derrotado por el tiempo, con una bandera diminuta en su haber enarbolado, ya sin la mano en su corazón… un gamonal se da cuenta que sus luces se han apagado y la gente que antes lo ovacionaban, hoy lo olvidan, hoy lo cambian con la conciencia de que existen otros métodos, otras ideas, otros motivos.

Pienso ahora en el día de la toma del Palacio de la Moneda, en Santiago de Chile, cuando cuatro generales, entre ellos Pinochet, dieron el golpe militar contra el gobierno de Salvador Allende… combatir, tal como estaba puesta la toma, era la idea más romántica… y eso fue lo que precisamente ocurrió, el presidente electo combatió contra los militares insurrectos y murió bajo las circunstancias que ya se conocen: avasallado por el poderío militar… Y de pronto, eso es lo mínimo que le exigiría la historia a un representante de las transformaciones sociales… combatir.

Sin embargo, al gamonal sin la tricolor, al flamante ideólogo y creador del Centro Democrático, la historia ni si quiera le va a dar la oportunidad de encerrarse en su palacio y pelear – cosa que sabe hacer muy bien- primero porque ya no tiene palacio y segundo porque no es representante de ninguna transformación social.

Lo anterior por varias razones: primero, perdió en la contienda democrática; segundo, sus argumentos parecen sacados de una sociedad a la cual no le ha pasado el tiempo; tercero, tal vez el golpe más profundo, quienes lo seguían ciega y fanáticamente, se dieron cuenta que mantenían una mentira por estandarte y están cambiando de pensamiento pues no les interesa clavarse el cuchillo para conseguir el poder.

Puede decirse que en el pasado de América Latina existe una tendencia a crear esa clase de personajes: gamonales consumidos en la derrota, que murieron convencidos de su farsa, encerrados en sus convicción hasta la violencia, el desarraigo, la barbarie, y que ocuparon la gloria por algunos años, pero que el tiempo después los desvistió y los ubicó en donde debieron haber pertenecido desde siempre: trabajadores de un circo de excentricidades.

La literatura ha ridiculizado con metáforas extraordinarias a estos seres humanos que tanto daño le han hecho a historia, recuerdo la mención de García Márquez, en su discurso en Estocolmo, cuando afirmaba que …“El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas”… o el excelente retrato irónico hecho por Vargas Llosa sobre el dictador sempiterno de República Dominicana, novela que bajo la distinción de varios narradores deja retratado al personaje omnipotente como el peor de los “Benefactores”.

Y es preciso saber que esto no ocurre por beneplácito historiográfico, sino porque la fuerza creadora de los autores necesita desinflar los hitos para que la conciencia colectiva se destape y nuevos pensamientos puedan desenfundarse con la virulencia de su originalidad.

No sé si la imagen de un político pendenciero, rencoroso y derrotado, mandando “trinos” contrarios a la felicidad colectiva dé como para que algún autor elabore su retrato y lo consigne en una novela. De exorcizarlo, con la debida cuota ridícula que bien merece, le haría un bien inmenso a la memoria colombiana.

Los gamonales ya no existen, las ideas han cambiado… el poder y el mundo, ya no les pertenecen.

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