El llamado de las víctimas

julio 25, 2014 10:49 am

Andrey PorrasPor: Andrey Porras
A la luz de un inminente éxito en el proceso de paz, pues no está demás ser positivo y creer que Colombia está forjando su transformación, se hace necesaria la creación de mecanismos que permitan reconstruir las fracturas sociales que durante tantos años se han hecho a un lado.

En este país de altos ideales pero pobres ejecuciones, las víctimas ofrecen un panorama muy complejo que es preciso reconducir sobre todos los sectores sociales, es decir, cada disciplina, cada estamento, cada profesión está llamada a brindar su aporte, bien sea reflexivo o bien, participativo.
Pero quizá el punto más álgido al hablar de víctimas es el de las oportunidades que ofrece la sociedad para que una persona garantice una vida digna, y es allí donde, gracias a dos historias que me propongo ilustrar, pienso que el camino por recorrer es bastante extenso y dificultoso.
Tuve la oportunidad de compartir un almuerzo, por espacio de media hora, con un soldado profesional quien se encontraba en su mes de descanso, visitando a familiares y estando con su esposa. De la situación de este militar contraguerrilla hay una cosa que conmueve sobremanera: los lapsos de trabajo son de seis meses, para luego descansar uno, seis por uno, así ha sido durante todos sus 14 años de servicio… la pregunta es… ¿qué tipo de relaciones humanas se construyen con tal condición laboral? El soldado en mención cocina para su tropa, está acostumbrado al monte, al trabajo con escasas herramientas, a comer poco, a hablar pasito. Para él era una exageración que se le sirviese sopa, seco, jugo, postre y cuando se le preguntó por sus hijos, le echó la culpa a su esterilidad, tal vez dándose una razón soportable. Los silencios del almuerzo narraban su soledad pero con un solo consuelo: pensionarse a la edad de los 41 años, le faltan 7.
El segundo caso tiene relación con una columna de opinión, publicada hace algunos días en el periódico el Espectador, que narra la perspectiva de la mujer y del sexo, según la guerrilla. En ella, se utiliza como fuente el diario que escribió una secuestrada para afirmar que el papel de algunas de las mujeres en la guerrilla es el de complacer sexualmente a los hombres para poder tenerlos a gusto en la organización. De los apartes del diario que transcribe la columna, escrita por Mauricio Rubio, sobresale la idea de cómo, para ellas, no es posible enamorarse pues deben pasar por muchos hombres, así como también la del imaginario campesino de entender a las mujeres como un objeto sexual, pues muchas de ellas eran prostitutas antes de enrolarse para seguir cumpliendo el mismo trabajo dentro de la organización.
En los dos casos mencionados, las oportunidades que ofrece la sociedad, corrijo, las oportunidades que ofrece Colombia para restaurar la vida cotidiana de la gente normal, de la gente pobre, es muy limitada. En primer lugar, bajo la tutela de la legalidad, porque es muy difícil reconstruir una vida afectiva a la edad de los 40 años; y en segundo, bajo la sombra de la ilegalidad, porque los falsos valores de nuestra sociedad moralista, tanto ciudadana como campesina, no le abrirán las puertas a personas que deben convivir con el rótulo del error en su frente.
En estos dos casos está cifrado el espíritu de la gente pobre en Colombia, quienes deciden la legalidad y quienes no, al cabo de la vida, en caso de que sobrevivan, tienen muy pocas herramientas para poder reconstruir sus existencia, y mucho menos para poder reparar o restaurar sus convicciones y, seguramente, la vida no les alcanzará para saberse satisfechos.
Por esta razón, una verdadera reparación deberá pasar primero por lo subjetivo, deberá ocurrir en la individualidad de cada uno de los actores del conflicto para que, en ese fuero interior, lleno de dudas, angustias, obsesiones, miedos, culpas, desánimos, recuerdos nefastos e insatisfacciones irreparables, cada quien decida involucrarse en la sociedad.
Ese, y no otro, es el llamado de las víctimas.

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