–(Imagen ilustrativa). El calendario marca el final del año y la región llega con conflictos abiertos y dilemas sin resolver. La política transita un equilibrio frágil, con gobiernos presionados por la polarización y el desgaste institucional. La economía avanza a distintas velocidades, marcada por la desigualdad y persistentes fragilidades estructurales; y la violencia ligada al crimen organizado sigue condicionando la vida política y social en varios países.
El cierre del año deja así un clima tenso, atravesado por cambios en el mapa regional. «La región concluye este 2025 con un panorama electoral marcado por un giro conservador en países como Bolivia, Ecuador y Chile, con fuerzas que optan por discursos de seguridad, confrontación y retraimiento de las responsabilidades del Estado», señala en entrevista con DW Othón Partido Lara, académico de la Universidad Iberoamericana León, en México.
«Se ha consolidado una tendencia hacia propuestas de derecha y discursos contra las élites, que crecieron al capitalizar la frustración popular y prometer soluciones de ‘mano dura’ frente a la inseguridad», analiza, asimismo, el politólogo argentino y profesor de Estudios Latinoamericanos de la USAL Sebastián Dabreinche, consultado por este medio.
«Ha sido un año de claroscuros para América Latina», evalúa, por su parte, Francisco Valdés-Ugalde, doctor en ciencia política y presidente del Consejo Superior de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). «Se ha mantenido la democracia como sistema de gobierno, pero la polarización persiste y los autoritarismos siguen presentes, aunque en minoría, como en Venezuela, Nicaragua, Cuba y El Salvador», puntualiza a DW.
Estados Unidos y su impacto en América Latina
Con matices, los expertos coinciden en que uno de los factores más relevantes para la región es el papel de Estados Unidos. «Tras una larga etapa de indiferencia, Washington ha vuelto la mirada hacia su propio hemisferio, con foco en migración y seguridad, y menos en el desarrollo socioeconómico y democrático», sostiene Valdés-Ugalde.
Para Franklin Ramírez Gallegos, profesor investigador de FLACSO-Ecuador, se observa «una influencia desmedida y de carácter imperialista de Donald Trump». «América Latina vuelve a ser tratada como una ‘esfera de influencia’ exclusiva de EE. UU., con presiones para asegurar recursos, contener a China y alinear gobiernos», explica Ramírez Gallegos. «La nueva Estrategia de Seguridad Nacional incluso adelanta justificaciones para eventuales intervenciones unilaterales», advierte en diálogo con este medio.
Pobreza algo menor, desigualdad extrema
En el plano económico, el balance económico regional arroja «un crecimiento moderado, estimado en torno al 2,4 por ciento», señala Valdés-Ugalde. «Se ha reducido la pobreza, pero la productividad no crece lo suficiente y la desigualdad sigue siendo muy alta».
Según el último Panorama Social de América Latina y el Caribe de la CEPAL, el 25,5 por ciento de la población regional – unos 160 millones de personas – vivía en situación de pobreza en 2024, una reducción de 2,2 puntos porcentuales respecto a 2023. Sin embargo, el organismo advierte que la región permanece atrapada en una «trampa de desigualdad» que profundiza otras brechas.
Violencia récord
A esto se suma un problema persistente de seguridad. América Latina y el Caribe concentran las tasas de homicidio más altas del mundo. «Mientras no se atiendan las causas estructurales con cooperación internacional, las estrategias militarizadas solo agravan las tensiones y alimentan campañas políticas basadas en el miedo», sostiene Partido Lara.
El avance del crimen transnacional – vinculado a la cocaína, la minería ilegal, el tráfico de migrantes y de armas – se ha convertido en un factor central de la agenda pública, favoreciendo respuestas de corte militar, señala Ramírez Gallegos. A su juicio, cuando la violencia persiste, el recurso creciente a estrategias represivas acelera la erosión democrática.
Una voz común
Para Valdés-Ugalde, el mayor desafío es «detener las regresiones democráticas, reformando el ejercicio del poder y no solamente su acceso, incrementando la protección y el cumplimiento de los derechos humanos, la vía más efectiva y pacífica para reducir la pobreza, la desigualdad y el atraso».
Para Dabreinche, el cierre del año deja planteado un desafío estratégico central: avanzar hacia mecanismos eficaces de coordinación regional que permitan a América Latina negociar en bloque. «Hablar con una sola voz», concluye, es clave para reducir vulnerabilidades y ganar peso propio en el cambiante escenario internacional.
El nuevo mapa político de América Latina
En un movimiento pendular, que a veces se inclina a la derecha y otras a la izquierda, y que configura ciertas coincidencias temporales, las elecciones presidenciales en los países latinoamericanos están modificando el mapa político de América Latina.
Con el triunfo en Chile del ultraconservador José Antonio Kast, fundador y líder del partido Republicano, y defensor de la dictadura de Augusto Pinochet, llega por primera vez la ultraderecha al gobierno, después del retorno a la democracia. En el tablero latinoamericano la derecha suma así una nueva ficha, que se suma a presidentes como Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa en Ecuador o Nayib Bukele en El Salvador.
De 19 países latinoamericanos, actualmente en nueve hay gobiernos de derecha y en diez, de izquierda. Entre estos últimos, en México (Claudia Sheinbaum), Brasil (Lula da Silva), Colombia (Gustavo Petro), Uruguay (Yamandú Orsú), además de Chile (Gabriel Boric). Con la llegada de Kast a la presidencia y el probable resultado de las recientes elecciones en Honduras -aún no finalizados los escrutinios-, la balanza se inclinará hacia la derecha.
Más allá del mapa, hay una complejidad que no se explica simplemente como una «ola derechista». La foto del momento tiene que ver con procesos tanto internos como globales y el impacto a nivel latinoamericano de la llegada de un gobierno de color distinto dependerá del peso del país en cuestión y del liderazgo de su presidente o presidenta.
Alternancia izquierda-derecha
En opinión de Andrés Malamud, «es improbable que la victoria de Kast tenga gran impacto regional». Esto, por dos razones, dice a DW el investigador del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa: «Primero, es lo usual que Chile alterne entre izquierda y derecha cada cuatro años. Segundo, Kast tiene un estilo menos disruptivo que Bukele o Milei».
Es importante tener en cuenta el peso de Chile en la región, el de los liderazgos -en este caso el de Boric comparado con el que podría tener Kast- y luego la vinculación de Chile y de este nuevo liderazgo con la agenda global, explica a DW la politóloga Yanina Welp.
«Chile no tiene la incidencia que puede tener Brasil en un cambio de política o el peso económico o simbólico de Brasil. Por lo tanto, sin negar que hay un impacto claramente, no veo un cambio enorme. Por otro lado, la política chilena se ha caracterizado en los últimos años por una gran estabilidad», dice la investigadora del Albert Hirschman Democracy Centre, Geneva Graduate Institute.
A pesar de que el cambio político en Chile no tiene mayor impacto a nivel latinoamericano, reconoce que el presidente Boric «tuvo un peso bastante importante en la agenda democrática en la región. Fue uno de los pocos y de los primeros en hablar claro alrededor de distinguir qué es democrático y qué es autoritario, con independencia de si se lo ubica a la izquierda o la derecha. Me parece que ese valor con Kast se pierde, no tiene una agenda pro democracia y tampoco espero que tenga tanta intervención como intentó tener Boric en ese debate global».
¿Ola derechista?
«Hay una dimensión regional del surgimiento de estos liderazgos de ultraderecha, no es casualidad que se está fortaleciendo en distintos países de América Latina. También tiene una dimensión global, porque este tipo de propuestas radicales tiene antecedentes en Estados Unidos, en Europa y distintas partes de mundo», dice a DW Claudia Heiss, profesora del Departamento de Estudios Políticos de la Universidad de Chile.
Sobre el reciente triunfo de la ultraderecha en Chile, afirma que «para los equilibrios regionales, se ve más debilitado el polo de izquierda en América Latina y fortalecido el de derecha. No hay duda que Kast va a tener una relación muy estrecha con Milei». Así lo muestra la primera acción del presidente electo, que fue viajar a Buenos Aires para reunirse con el presidente argentino.
En opinión de Heiss, esto anticipa «una alianza y un espectro de políticas públicas compartidas y de cooperación, entre Chile y Argentina en lo inmediato, y seguramente con otros gobiernos de derecha en la región y acercamiento a Estados Unidos». Esto podría tener efectos también en la relación con China, país que ha tenido una influencia creciente en Chile, particularmente en inversiones en obras públicas, y que busca extenderla en Latinoamérica.
El futuro gobierno chileno, más cercano a Donald Trump, podría facilitar los intereses de Estados Unidos y su nuevo principio de política exterior con el foco en América Latina. Según Welp, esto va a resultar más fácil que con Boric, con el posible impacto en la agenda. Con todo, lo que será más relevante es que «se pierde la agenda de promoción o defensa de la democracia con el liderazgo de Kast».
Qué hay detrás de la ola
Más allá del giro a la derecha, para Welp «centrar todo el debate público en hablar de una ola derechista, incluso de extrema derecha, y poner a todos los liderazgos en un mismo paquete, lo que hace es ocultar que hay unas demandas ciudadanas que tienen una base concreta. La criminalidad crece en América Latina y hay una tremenda insatisfacción frente al estado de cosas y, quizás como un elemento destacado en eso, a la enorme corrupción que hubo con gobiernos de giro a la izquierda».
El énfasis en esta ola «demoniza liderazgos y tapa falencias de los sistemas políticos», asegura la politóloga. En los distintos países se identifican ciertos elementos comunes, que explican el avance de la derecha, como la agenda de seguridad, pero hay también bastantes diferencias, dice: «En Chile, seguridad y migración son el centro del debate, mientras en Argentina el triunfo de Milei se explica mucho más por variables económicas y por la inflación».
En opinión de Malamud, «hablar de una ola derechista es descriptivamente correcto, pero analíticamente engañoso: en Sudamérica están triunfando las oposiciones, que solo circunstancialmente son de derecha. En Uruguay, por ejemplo, ganó la izquierda porque gobernaba la derecha”.
Por su parte, Heiss observa «una votación pendular desde la izquierda a la derecha, que podría revertirse hacia la izquierda, de seguir el movimiento pendular». Las elecciones presidenciales del 2026 en Costa Rica, Colombia, Brasil y Perú serán una nueva prueba para verificar cuánto ha crecido la adhesión a las posturas de extrema derecha.
Al respecto, se han estudiado una serie de fenómenos, desde la erosión de la democracia, la mayor tolerancia al autoritarismo, la búsqueda de liderazgos fuertes que prometan soluciones inmediatas, el aumento de la desigualdad, y el efecto ejemplo, que tienen medidas como la discutida política anticriminalidad de Bukele en El Salvador.
Por ahora, Kast está moderando su discurso y evita los temas que no son mayoritarios, como la agenda cultural, la reducción del pluralismo, la diversidad sexual o las mujeres, para centrarse en economía, crimen y migración, en los que tiene adhesión mayoritaria. En su primer discurso tras ser elegido habló de bajar las expectativas y no esperar cambios inmediatos, apunta Heiss: «Eso podría reflejar la búsqueda de una derecha no tan radical como la que hemos visto en sus campañas, en sus partidarios y parlamentarios». (Información Maricel Drazer y Victoria Dannemann, DW).
