–Cuando Jesús estaba en la cruz, pronunció siete frases de gran significado para aquellos que contemplan su pasión y muerte. Este Viernes Santo, obispos y sacerdotes las recordaron, en una tradición que comenzó en el siglo XVII por un sacerdote jesuita en Perú, quien desarrolló un servicio de meditaciones para el Viernes Santo basado en las últimas palabras de Jesús y en la devoción difundida alrededor del mundo. Las últimas palabras de Jesús, tal como aparecen en el Evangelio, se volvieron parte de la tradición cuaresmal de la iglesia.
Estas son las Últimas Siete Palabras de Jesús: 1. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
2. «Hoy estarás conmigo en el Paraíso.»
3. «Mujer, ahí tienes a tu hijo…
4. Hijo, ahí tienes a tu madre.»
5. ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?
6. «Tengo sed.» «Todo está cumplido.
7. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»[Fuentes: Loyola Press, U.S. Catholic, The Word Among Us]
Los obispos de Colombia dirigieron al país una reflexión de profundo calado espiritual y social a través del tradicional Sermón de las Siete Palabras, proponiendo una lectura de la pasión de Cristo que ilumina las heridas, tensiones y búsquedas de la nación.
Desde distintas regiones —desde el Pacífico hasta el centro del país— y en comunión como Conferencia Episcopal de Colombia (CEC), los prelados ofrecieron un mensaje que no solo invita a la contemplación, sino que interpela directamente la vida pública, las dinámicas sociales y las decisiones cotidianas de los colombianos.
Desarmar la palabra en una sociedad herida por la confrontación
Al reflexionar la primera palabra —“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”—, monseñor Hugo Alberto Torres Marín, arzobispo de Santa Fe de Antioquia, puso el foco en uno de los factores que hoy profundizan la fractura social: el uso destructivo del lenguaje.
“En nuestras sociedades […] se está volviendo muy común, casi costumbre, casi ley, el uso de la palabra oral y escrita para calumniar, insultar, confrontar de forma grosera e imprudente al otro […] sencillamente al que no me cae bien o a quien considero mi enemigo”.
Su reflexión toca un punto neurálgico del país: la normalización de la agresión verbal en la política, en las redes sociales y en la vida cotidiana. Frente a ello, plantea una alternativa concreta:
“Jesús en la cruz, nos invita a asumir el perdón como camino del amor cristiano para desarmar el lenguaje y mantener la integridad de las relaciones interpersonales y sociales”.
Se trata, en palabras del Papa León XIV, de abrir paso a una palabra “desarmada y desarmante”, capaz de transformar el conflicto en posibilidad de encuentro.
La dignidad de quienes viven en los márgenes
La segunda palabra —“Hoy estarás conmigo en el paraíso”— permitió a monseñor Luis Augusto Campos Flórez, arzobispo electo de Bucaramanga, iluminar la realidad de exclusión que viven amplios sectores de la sociedad.
Su reflexión no evade la crudeza: habla de “vidas desarrolladas al margen de la justicia”, marcadas por la violencia, la delincuencia o la marginación estructural. Sin embargo, introduce una clave decisiva:
“Mientras en la vida haya espacio para la sinceridad y la confianza, ninguna condena destruirá definitivamente la vida: siempre será posible esperar algo”.
En un país donde muchas personas quedan atrapadas en ciclos de violencia, pobreza o estigmatización, el mensaje es profundamente contracultural: la exclusión no tiene la última palabra.
Y lo expresa con fuerza: “El paraíso consiste en permanecer con Jesús que levanta a todos los caídos y los dignifica […] ofrece las oportunidades de vida nueva que los seres humanos tantas veces nos negamos entre nosotros”.
Custodiar el corazón para reconstruir el tejido social
Desde la tercera palabra —“Ahí tienes a tu madre”—, monseñor Omar de Jesús Mejía Giraldo, arzobispo de Florencia, propuso una transformación que comienza en lo más profundo, pero que tiene consecuencias estructurales.
“Custodiar el corazón implica custodiar el pensamiento […] luchar por unas relaciones justas, sanas y honestas en nuestras estructuras sociales y religiosas”.
Su reflexión se sitúa explícitamente en el contexto colombiano:
“Como colombianos tenemos la tragedia de estar viviendo momentos sumamente conflictivos para nuestra amada patria”.
Desde ahí, planteó un camino concreto: reconstruir relaciones, sanar vínculos y generar cohesión social. No se trata solo de un cambio interior, sino de una ética relacional que atraviese comunidades, instituciones y territorios.
“Es tiempo de reconstruir el tejido social […] hacer que nuestras relaciones estén fortalecidas por el amor y no por el odio”.
El grito de las periferias: territorios que claman justicia
La cuarta palabra —“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”— adquirió una fuerza particular desde el Pacífico colombiano, en la voz de monseñor Alfonso García López, vicario apostólico de Guapi.
Su reflexión encarnó el clamor de territorios históricamente golpeados por la violencia, la pobreza y el abandono institucional:
“Hoy la injusticia se ondea sin piedad y sin freno por los caminos de nuestra existencia […] en los que no hay tiempo para la escucha de nuestro sufrimiento, porque se ahoga nuestra voz en los ruidos del placer y de la corrupción”.
Describió realidades concretas: precariedad en salud, falta de empleo digno, economías ilegales, presencia de actores armados y comunidades que “apenas sobreviven”.
Desde allí, eleva una denuncia y una interpelación:
“Es la voz de un pueblo que han silenciado pero que interpela a los actores y sistemas políticos que olvidan el clamor de la tierra y de los pobres”.
Esta palabra se convierte así en una llamada a escuchar a los territorios, a reconocer sus heridas y a asumir responsabilidades frente a su dignidad.
Una sed de justicia que no puede apagarse
La quinta palabra —“Tengo sed”— fue leída por monseñor José Mario Bacci Trespalacios, obispo de Santa Marta, como un diagnóstico ético del país.
“Colombia vive también una sed profunda. Una sed de ética en sus habitantes, instituciones y gobernantes. Una sed de transparencia. Una sed de verdad. Una sed de justicia que muchas veces parece insatisfecha”.
Su análisis va más allá de la denuncia de la corrupción: señala un riesgo aún más profundo, la normalización del mal:
“El gran peligro […] no es solamente la corrupción misma, sino la resignación, cuando el mal se vuelve cotidiano y dejamos de indignarnos ante él”.
En ese sentido, plantea un desafío directo: transformar esa sed en compromiso real, en responsabilidad personal y colectiva, capaz de incidir en la vida pública.
No permanecer indiferentes ante el sufrimiento social
Desde la sexta palabra —“Todo está consumado”—, monseñor Edgar Aristizábal Quintero, obispo de Duitama-Sogamoso, invitó a confrontar la distancia entre la fe profesada y la realidad vivida.
“De parte de Jesús todo está cumplido, pero de parte nuestra, ¿ya la misión llegó a su plenitud? Tenemos que reconocer que falta mucho”.
Su reflexión recorre problemáticas concretas: inequidad, pobreza, abandono de los ancianos, división familiar, indiferencia frente al sufrimiento.
Y lanza un llamado claro:
“No podemos permanecer pasivos esperando que sean los otros quienes solucionen tantos problemas sociales, sin mover nuestros corazones a la misión de acercarnos y luchar también por el bienestar del otro”.
Aquí, la fe se presenta como una exigencia de acción concreta en favor del bien común.
Esperanza en medio de la incertidumbre y la violencia
Finalmente, la séptima palabra —“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”— fue pronunciada por monseñor Nelson Jair Cardona Ramírez, obispo de Pereira, como una clave para afrontar el momento actual del país.
Describió un contexto marcado por “sueños truncados de paz, pactos rotos, proyectos inconclusos” y una creciente sensación de incertidumbre y miedo.
Sin embargo, propuso una respuesta profundamente cristiana y social:
“El miedo no es para nosotros la opción […] cuando la esperanza es superior al miedo, el mundo y la sociedad se presentan como un campo abierto de posibilidades que pueden gestionarse”.
Y advirtió con claridad: “Renunciar a la esperanza sería conceder la victoria a la lógica de la violencia”.
En un país que ha vivido décadas de conflicto, esta afirmación se convierte en una invitación a no claudicar en la búsqueda de la paz.
Un Viernes Santo que interpela a todo el país
En este Viernes Santo, el mensaje de los obispos colombianos se presentó como una hoja de ruta espiritual y social para el país.
Desde el lenguaje hasta las estructuras, desde el corazón hasta los territorios, desde la fe hasta la acción, las siete palabras de Cristo se convierten hoy en una invitación a asumir responsabilidades concretas.
El Papa San Juan Pablo II afirmó durante una catequesis de noviembre de 1988 que las siete palabras que Jesús pronunció en la cruz “construyen su mensaje supremo y definitivo y, al mismo tiempo, la confirmación de una vida santa, concluida con el don total de sí mismo, en obediencia al Padre, por la salvación del mundo”.
Es decir, “todo lo que Jesús enseñó e hizo durante su vida mortal, en la cruz llega al culmen de la verdad y la santidad”, afirmó.
El santo dijo que cuando Jesús pronuncia la primera frase: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, Jesucristo “no sólo perdona, sino que pide el perdón del Padre para los que lo han entregado a la muerte, y por tanto también para todos nosotros”.
Jesús “se dirige a todos los que, humanamente hablando, son responsables de su muerte”, y “el perdón es su única respuesta a la hostilidad”, dijo San Juan Pablo II. En ese sentido, animó a acudir a “Cristo crucificado, Sacerdote eterno”, quien “permanece siempre como el que intercede en favor de los pecadores que se acercan a Dios a través de Él”.
De igual modo, al reflexionar en la segunda palabra: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”, el santo expresó que “es un hecho impresionante, en el que vemos en acción todas las dimensiones de la obra salvífica, que se concreta en el perdón”.
El santo recordó que según relata la Biblia, el malhechor crucificado al lado de Cristo “profesa su fe en el Redentor” y “en el momento de morir, no sólo acepta su muerte como justa pena al mal realizado, sino que se dirige a Jesús para decirle que pone en Él toda su esperanza”.
Frente a ello, Jesús le responde de inmediato y le “promete el paraíso, en su compañía, para ese mismo día” y así el pecador “se convierte en santo en el último momento de su vida”, agregó.
“Esto muestra que los hombres pueden obtener, gracias a la cruz de Cristo, el perdón de todas las culpas y también de toda una vida malvada […] si se rinden a la gracia del Redentor que los convierte y salva”, explicó.
Para San Juan Pablo II, las palabras que Cristo pronunció fueron “recogidas por su Madre y los discípulos presentes en el Calvario” y “transmitidas a las primeras comunidades cristianas y a todas las generaciones futuras” con un objetivo claro:
“Para que iluminaran el significado de la obra redentora de Jesús e inspiraran a sus seguidores durante su vida y en el momento de la muerte”, dijo. En ese sentido, el santo animó a los católicos a que “meditemos también nosotros esas palabras, como lo han hecho tantos cristianos, en todas las épocas”. (Información Episcopado Colombiano y Aciprensa).


