Muere Plinio Apuleyo Mendoza, una leyenda del periodismo y la literatura de Colombia; su historia se resume en sus fascinantes anécdotas con Gabriel García Márquez
–El fallecimiento de Plinio Apuleyo Mendoza a los 95 años (1931-2026), por causas naturales, ha conmovido al periodismo y la literatura de Colombia. Fue catalogado como uno de los más destacados escritores y periodistas del país, como quiera que hizo parte de aquella notable generación que encabezó el Nobel Gabriel García Márquez. Y como tal, fue un testigo excepcional de la política y la cultura latinoamericanas. A lo largo de su vida en Europa y América, interactuó con múltiples figuras políticas y literarias como Juan Domingo Perón, Salvador Allende, Fidel Castro, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, entre otros.
Nacido en Tunja, Plinio Apuleyo Mendoza (1931) dirigió la revista Semana y colaboró con el diario El Tiempo. Recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. Trabajó como diplomático en países como Francia, Portugal e Italia.
Fue muy amigo de Gabriel García Márquez. Se conocieron en Bogotá en 1947 durante sus años universitarios. Compartieron bohemia y precariedad económica en París durante los años 50. Trabajaron juntos en la agencia de noticias cubana Prensa Latina. Plinio fue de los primeros en leer los manuscritos de Cien años de soledad.
Publicó El olor de la guayaba (1982), el libro definitivo de conversaciones con el Nobel de Literatura. Coescribió el superventas Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996). Esta obra satirizó el pensamiento populista, nacionalista y estatista de la región. Escribió Aquellos tiempos con Gabo (2000), una memoria íntima sobre su amistad. Continuó la crítica política con la secuela El regreso del idiota (2007).
Viró ideológicamente de la izquierda juvenil hacia el liberalismo de centroderecha. Defendió firmemente las políticas de seguridad del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Una de sus novelas principales fue Años de fuga (1979), ganadora del Premio de Novela Plaza y Janés, en la cual narró el desencanto de una generación atrapada entre la revolución y el exilio. Entre dos aguas (2010), novela que explora el conflicto armado colombiano y retrata los dilemas morales de quienes viven bajo la amenaza del secuestro.
El París de los años 50 unió a Plinio Apuleyo Mendoza y a Gabriel García Márquez en una bohemia marcada por el hambre, la solidaridad y la complicidad literaria.
Sobre esa época Plinio registró sus anécdotas más famosas en sus memorias: El orgullo ante el hambre. Cuando la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla cerró el diario El Espectador, Gabo se quedó sin sueldo de corresponsal y cayó en la miseria absoluta en París. Vivía en una pequeña buhardilla del Hotel de Flandre y, por orgullo, se negaba rotundamente a aceptar dinero regalado o prestado por sus amigos. Para ayudarlo sin herir su dignidad, Plinio recurría a la estrategia de invitarlo a almorzar constantemente, fingiendo que simplemente quería su compañía.
Gracias a esos almuerzos «casuales», Gabo pudo subsistir mientras escribía «El coronel no tiene quien le escriba». En los momentos más críticos del invierno parisino, el dinero no alcanzaba ni para el pan de la mañana. Plinio contaba que García Márquez salía a recorrer las calles de París recolectando periódicos viejos y botellas de vidrio vacías. Luego las llevaba a los almacenes para reclamar el pequeño depósito de dinero que daban por el reciclaje, consiguiendo así los francos necesarios para comprar café y cruasanes.
Mientras compartían noches en los cafés del Barrio Latino, Gabo le entregó a Plinio el manuscrito de su primera novela, «La hojarasca». Plinio y otros amigos cercanos de la época leyeron el texto y le hicieron críticas severas. Le reclamaron que la historia tenía una influencia exagerada del escritor estadounidense William Faulkner.
A pesar de los reparos del grupo, esa lectura inicial sembró la profunda admiración que Plinio sintió por el talento de su amigo.
Plinio siempre recordaba que García Márquez tenía una faceta casi esotérica, llena de premoniciones y extrañas intuiciones. En las mesas de los bares parisinos, Gabo solía predecir accidentes menores, como que un vaso específico estaba a punto de caerse de la mesa, y terminaba ocurriendo. También sorprendía a Plinio adivinando con precisión quirúrgica el país y la región exacta de origen de personas desconocidas que acababan de entrar al lugar.
El último tramo de la amistad entre Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez estuvo marcado por la melancolía del Alzheimer y la pérdida de memoria del Nobel.
A pesar de la enfermedad, su conexión dejó escenas profundamente conmovedoras.
En los últimos años de vida de Gabo, Plinio relató con tristeza que el Nobel ya no reconocía a sus amigos por el nombre o por el rostro. Su ahijado (el hijo de Gabo) le advirtió a Plinio sobre la situación. Le explicó que el cerebro de García Márquez funcionaba de forma muy particular: necesitaba escuchar directamente la voz de la persona para poder reconectarse con los afectos del pasado y saber con quién estaba hablando.
Cuando Plinio lo visitó en su casa de México, la memoria de Gabo estaba ya muy desvanecida. Al verlo entrar, el Nobel se quedó mirándolo fijamente de forma confusa. Sin embargo, al escuchar a Plinio hablar y evocar los viejos tiempos, la mirada de Gabo cambió por completo.
Plinio recordaba con mucha emoción que, aunque García Márquez ya no lograba ubicar con precisión los nombres o las fechas exactas de París o Bogotá, el afecto y la calidez del abrazo permanecían intactos. El lazo emocional sobrevivió a la pérdida de los datos históricos de su vida.
A pesar de que en las últimas décadas de sus vidas tomaron caminos ideológicos radicalmente opuestos —Plinio viró hacia la centroderecha liberal y Gabo mantuvo su cercanía vital con Fidel Castro—, la política nunca pudo quebrar su hermandad. Plinio siempre repitió una frase que resumió su historia: «Mi amistad con Gabo duró hasta su muerte. Éramos como hermanos».
«Años de fuga es la novela más emblemática de Plinio Apuleyo Mendoza. Publicada en 1979, obtuvo un enorme reconocimiento al ganar el prestigioso Premio de Novela Colombiana Plaza & Janés.
Gabriel García Márquez, tras leer el manuscrito, la definió formalmente como «la gran novela del desencanto». La obra narra la historia de Ernesto, un joven colombiano que a comienzos de la década de 1960 decide instalarse en París. Llega a la «Ciudad de la Luz» con el objetivo de enderezar el rumbo de su vida. Esto ocurre luego de que su juventud, marcada por intensos ímpetus y militancias revolucionarias, llegara a un doloroso punto muerto. Veinte años después, Ernesto regresa a París junto a su amigo Javier. Allí revive la bohemia de sus veinte años mientras busca a aquellos viejos compañeros con los que pretendía cambiar el mundo.
El desencanto político: Retrata la dura transición de la utopía revolucionaria de la izquierda hacia la desilusión.
Incluye recuerdos sobre el impacto de la Revolución Cubana y la figura del Che Guevara. El viaje del protagonista es también una inmersión en la bohemia de los cafés, el sexo y el desarraigo. Expone el contraste entre los amigos que triunfaron y los que se quedaron atrapados en la nostalgia o el fracaso absoluto. Plinio plasmó gran parte de sus propias vivencias, como su formación comunista, su entrenamiento en Cuba y su fuerte amistad juvenil con el sacerdote guerrillero Camilo Torres.
La relación con Camilo Torres Restrepo (el famoso «cura guerrillero» del Eln) es el núcleo más trágico y dramático de la juventud de Plinio Apuleyo Mendoza.
Esta vivencia real inspiró directamente la trama y los personajes de su novela Años de fuga. Gabriel García Márquez llegó a afirmar que la trágica deriva de Camilo fue la experiencia más dolorosa de toda su generación.
Camilo fue compañero de colegio de Plinio. A finales de los años 40, junto con un joven García Márquez, los tres formaron un trío inseparable que se reunía en los cafés fríos de Bogotá a debatir intensamente sobre poesía, religión y política.
Plinio relató que en una de esas noches bohemias, Camilo les confesó de repente que entraría al seminario. Años después, Plinio se mudó a París y se sorprendió enormemente al ver llegar a Camilo de visita vestido con sotana, mientras completaba estudios de sociología en Lovaina.
Camilo era un joven de familia acomodada, sumamente atractivo, elegante y tímido. Plinio recordaba con gracia que las mujeres «andaban locas» por él y que su madre, Isabel Restrepo, tenía literalmente que espantárselas para proteger su camino sacerdotal.
En la obra, Plinio utiliza al protagonista, Ernesto, para procesar la fascinación y el dolor que causó la figura de Camilo.
Camilo no es solo un personaje convencional en el libro; funciona como un «fantasma» ideológico y moral que atormenta los recuerdos de los personajes exiliados en París. A través de los diálogos de Ernesto, la novela explora la psicología profunda de Camilo. Muestra cómo su genuina timidez y su enorme sensibilidad social por los pobres lo llevaron a radicalizarse paso a paso.
La novela plasma la incomprensión y la impotencia de sus amigos al ver cómo un hombre tan brillante y pacífico abandonaba el sacerdocio en 1965 para terminar muriendo con un fusil en la mano en su primer combate con el Eln en 1966. Para Plinio, la historia de Camilo fue el ejemplo definitivo de cómo la utopía revolucionaria de los años 60 terminó devorando a los mejores hombres de su época.
El Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996) es el ensayo político más famoso de Plinio Apuleyo Mendoza, coescrito junto al cubano Carlos Alberto Montaner y el peruano Álvaro Vargas Llosa.
El libro se convirtió rápidamente en un superventas internacional y generó encendidos debates en toda la región.
¿Quién es el «idiota» según el libro? En realidad, no se refiere a alguien con falta de inteligencia o baja capacidad mental. Es el ciudadano que adopta de forma ciega y dogmática los mitos políticos de la izquierda populista. Aquel que culpa exclusivamente a factores externos de la pobreza del continente sin asumir responsabilidades. El intelectual o votante que defiende dictaduras si estas se visten con discursos de justicia social.
El libro critica la idea arraigada de que el subdesarrollo de América Latina es culpa de la colonización española, del imperialismo estadounidense o de las multinacionales. Sostiene que la creencia de que un gobierno grande y controlador resolverá la pobreza solo genera más burocracia, ineficiencia y corrupción. Satiriza la idealización que la izquierda tradicional hace de figuras como el Che Guevara o Fidel Castro. Está escrito con un tono de humor negro, mordaz e irreverente. Estructura los capítulos como un «manual» instructivo que desglosa las frases hechas y los clichés de la política latinoamericana. Combina el rigor de los datos económicos liberales con la sátira literaria y periodística.
Vale la pena hacer una reseña de cómo y por qué Plinio Apuleyo Mendoza llegó a interactuar con figuras históricas y literarias:
Juan Domingo Perón.
Tras entrevistarlo durante el exilio del líder argentino, Perón le respondió enviándole una carta personal que contenía, según recordaba con ironía el propio Plinio, algunos notorios errores de sintaxis.
Salvador Allende.
Plinio compartió círculos efervescentes de la política de izquierda y el cono sur durante la época de la Unidad Popular en Chile. Además, su cercanía con Gabriel García Márquez dejó constancia de cómo vivieron y resintieron de manera profunda el golpe y la muerte de Allende en el Palacio de La Moneda en septiembre de 1973.
Fidel Castro
Perteneció a la generación de intelectuales latinoamericanos que inicialmente miraron con gran entusiasmo la Revolución Cubana (llegando a dirigir temporalmente Prensa Latina). Con los años, tras su profundo desencanto ideológico con el régimen comunista, Plinio atestiguó de cerca los debates del Boom y llegó a presionar a través de García Márquez para mediar y salvar la vida de disidentes cubanos.
Jorge Luis Borges
Coincidió en el panorama intelectual de la época y en congresos culturales internacionales. Plinio lo observó como parte de esa constelación de genios literarios opuestos a las corrientes dogmáticas de la izquierda en boga, manteniendo la estampa de Borges como un clásico viviente y distante de la política militante.
Julio Cortázar
Compartió con él la bohemia parisina de los años 60 y 70. Plinio llegó a entrevistarlo en París (como en un conocido registro fílmico de 1980), atestiguando la fascinación del autor de Rayuela por la política de la isla caribeña, a la par de su genio narrativo anclado en la cotidianidad.
