Río Amazonas deja a Colombia: Se está perdiendo la conexión fluvial y con ella también la memoria de las comunidades indígenas tikuna, yagua y cocama
–(Foto @ellitoral). El río Amazonas ha venido cambiando, modificando la geografía y la triple frontera conformada por Brasil, Perú y Colombia, siendo ésta última, la nación más afectada. El resurgimiento del conflicto limítrofe con la República peruana está sacando a relucir todo lo que está ocurriendo en el territorio colombiano por esos fenómenos naturales. Y al respecto, estudios realizados por científicos de la Universidad Nacional de Colombia, confirman que el Río Amazonas esta dejando a Colombia.
El sistema lagunar y la quebrada de Yahuarcaca, conformado por 21 lagos y lagunas interconectados y ubicado a apenas 2 km de Leticia, depende en un 80 % del agua que recibe del río Amazonas. La reducción del caudal amenaza con cortar la entrada de los mijanos, peces migratorios fundamentales para la pesca local, alterando así la reproducción de especies, la fertilidad de los bosques inundables y la economía de las comunidades indígenas que viven de la pesca y el ecoturismo.
La conexión fluvial entre el Amazonas y Yahuarcaca es el eje que sostiene su dinámica natural. A través de este vínculo ingresan los peces que aprovechan el ciclo de crecidas para reproducirse y alimentarse, así como los sedimentos y nutrientes que fertilizan el bosque inundable. Cuando ese flujo se interrumpe se altera el equilibrio ecológico y se debilitan las actividades de pesca, turismo y subsistencia de las comunidades ribereñas.
Uno de los impactos más visibles es la disminución de los cardúmenes de mijanos, que tradicionalmente ingresan a los lagos desde el río para reproducirse y alimentarse, pero que al no encontrar canales naturales por donde ingresar siguen su ruta por el canal peruano, que hoy concentra la mayor parte del caudal.
La pérdida de conectividad del caudal no solo impide el paso de los peces, sino que además rompe la sincronía natural entre el agua, los bosques y la fauna.
El biólogo Santiago Duque, profesor de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia, explica que en los bosques inundables crecen árboles “pepeadores”, adaptados para florecer durante las crecidas. Sus frutos caen al agua, alimentan a numerosas especies de peces, y estos a su vez dispersan las semillas por toda la cuenca. Sin el paso del agua, este sistema colapsa.
“Cuando desaparece el fenómeno de inundación, las pesquerías disminuyen porque muchos peces amazónicos dependen de esas pepas como alimento. Sin inundaciones estacionales, disminuye tanto la oferta de comida como la reproducción y la resiliencia del ecosistema”, agrega.
La afectación también golpea la seguridad alimentaria. En estas comunidades ribereñas una persona puede consumir entre 15 y 18 kilos de pescado al mes. Sin las inundaciones que fertilizan el bosque y alimentan a los peces disminuye la reproducción de las especies más consumidas y se reduce una fuente esencial de proteína.
Las 7 comunidades indígenas asentadas en los alrededores de Yahuarcaca –como los cocamas, tikunas y yaguas– han construido un modelo de ecoturismo comunitario que depende directamente de la belleza natural de los lagos, su biodiversidad y el acceso fluvial. Frente a esta afectación, el turismo nacional e internacional se reduciría por no poder ingresar con facilidad al territorio debido a la disminución del caudal.
“Si el río pierde la conexión con los lagos, esos turistas ya no entrarían y se disminuiría también el recurso económico paralelo que hoy están logrando conseguir”, precisa el docente.
La pérdida de este ingreso adicional –que durante años se ha trabajado conjuntamente entre las comunidades y la UNAL– representa otro golpe a la sostenibilidad territorial, ya que el agua es la infraestructura básica que posibilita tanto el turismo como la vida cotidiana en la Amazonia colombiana.
El profesor Duque explica que “el fenómeno en el cual cambia la dinámica del flujo del río Amazonas –alejándose de Leticia– no obedece especialmente al cambio climático, es un proceso natural del río que ha sido acelerado por la falta de intervención”. La sedimentación progresiva, sumada a la mayor fuerza del canal peruano, ha desviado el flujo principal hacia ese país dejando a Colombia con brazos fluviales cada vez más estrechos y menos caudalosos.
Desde hace más de 20 años, investigadores de la UNAL han advertido sobre esta situación, proponiendo la instalación de espolones sumergidos y obras complementarias para redirigir parte del caudal hacia el lado colombiano. Las nuevas mediciones de 2025 indican que ese escenario se podría anticipar. Si no se actúa pronto, la desconexión fluvial será permanente, con consecuencias difíciles de revertir.
En ese sentido, la recomendación actual es combinar dragado y obras hidráulicas con un enfoque binacional. “Este no es un río solo de Colombia ni de Perú, es compartido, y toda intervención requiere diálogo y coordinación entre los dos países”, insiste.
El debilitamiento del caudal no afecta solo a los peces o el acceso al agua: es un fenómeno integral que transforma toda la dinámica ecológica de la región. La fauna terrestre –aves, reptiles y mamíferos– también depende del ritmo del río, ya sea para la alimentación, la reproducción o el desplazamiento. Con la pérdida de las inundaciones estacionales, los hábitats se fragmentan, los ciclos vitales se alteran y la cadena de interdependencia entre agua, suelo, flora y fauna comienza a romperse en silencio.
Cuando el río Amazonas se va, también se va la memoria de los tikuna, yagua y cocama
Para los pueblos indígenas que habitan las riberas del Amazonas cerca de Leticia el agua no es solo un recurso: es identidad, vínculo y vida. Cuando los brazos y canales del río se secan, no solo se pierde la pesca y el sustento económico, sino también la diversidad de especies que le dan sentido a su cosmogonía. Aunque las consecuencias del desplazamiento del río hacia territorio peruano son invisibles para las ciudades, para estas comunidades son devastadoras, lo mismo que para la memoria y el territorio.
Según el Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi), en los últimos 40 años el río ha modificado significativamente su trayectoria en varios sectores del trapecio amazónico. Uno de los casos más preocupantes es el de los lagos Yahuarcaca, un complejo de humedales fundamental para la biodiversidad y la pesca de subsistencia, donde se han registrado alteraciones hidrológicas que comprometen su equilibrio ecológico. La disminución en la conectividad con el río afecta la reproducción de peces, los ciclos de nutrientes y el acceso a agua limpia para las comunidades.
Las comunidades tikuna, yagua y cocama han alertado sobre la pérdida progresiva de playas, sitios de pesca y senderos de navegación. El río ya no entra con la misma fuerza a los brazos que abastecen los lagos, lo que se traduce en menos bocachicos, arawanas y doncellas, especies esenciales no solo en su dieta sino también en sus rituales y saberes ancestrales.
Según el Censo Nacional de Población y Vivienda de 2018, en el departamento del Amazonas hay 13.419 personas identificadas como tikunas, 870 como indígenas yagua y 3.101 como cocamas. Además, el pueblo tikuna creció un 78,5 % frente al censo de 2005, lo que refleja no solo su expansión territorial, sino también su peso en la dinámica sociocultural del río Amazonas.
El profesor Carlos Zárate Botía, de la UNAL Sede Amazonia, recuerda que comunidades como los tikuna llegaron a las riberas del Amazonas colombiano tras un proceso de desplazamiento forzado en el siglo XX, impulsado por el esclavizante trabajo de las caucherías, especialmente las de la Casa Arana.
“Esa violencia histórica obligó a reconfigurar sus asentamientos, sus vínculos con el territorio y su cosmovisión. Por eso hoy el río no solo representa sustento físico, sino una memoria viva que guarda el rastro del desarraigo y de su resistencia cultural”.
“Además, en todas las cuencas amazónicas, juntando todos los países que la componen, viven millones de personas que están dentro de una política territorial en torno al agua”, explica el docente.
El retroceso del río afecta la pesca, el agua y el territorio
El profesor Santiago Duque, de la UNAL Sede Amazonia, lleva más de 35 años alertando sobre este problema y sobre la pérdida progresiva del afluente más importante del país. En varias oportunidades ha señalado que el sistema de Yahuarcaca —conectado al río Amazonas— ha sufrido una disminución de su conectividad hídrica y de su biodiversidad, lo que ha reducido la pesca, limitado el acceso al agua y afectado prácticas tradicionales.
El sistema Yahuarcaca, conformado por 21 lagos y lagunas, se alimenta hasta en un 80 % de aguas provenientes del Amazonas. Allí habitan 7 comunidades indígenas —más de 3.000 personas— y más de 455 especies de peces como el pirarucú, el pez zorro, el matacaimán o la cucha negra. Según la Guía ilustrada: Los peces de los lagos, la quebrada y los bosques inundables de Yahuarcaca, al menos 58 de estas especies son de consumo y pesca frecuente para los pobladores.
El consumo mensual de pescado en estas comunidades alcanza los 20 kilos por persona, una oferta vital de proteína que depende directamente de los lagos, el río y la dinámica del agua. Pero cuando el caudal se aleja, la capacidad productiva del sistema se reduce drásticamente.
Además, la pérdida del cauce principal deja a muchas comunidades expuestas a procesos de erosión, aislamiento y pérdida de soberanía territorial. En algunos sectores, el retroceso del río ha generado que terrenos antes navegables ahora sean reclamados por comunidades del lado peruano, lo que crea tensiones limítrofes e inseguridad jurídica para los pueblos indígenas del lado colombiano.
Un río que también sostiene la cultura, la ciudad y la vida
Para el profesor Juan Álvaro Echeverri, de la UNAL Sede Amazonia, uno de los puntos focales del problema es Leticia. La capital amazónica se ve directamente afectada por la acumulación de sedimentos y las sequías del río, lo que dificulta el funcionamiento del puerto y la recepción de alimentos. La isla de Santa Rosa, hoy en disputa territorial, se formó por sedimentación del Amazonas; en la primera mitad del siglo XX simplemente no existía.
Las alteraciones del río también interrumpen las ceremonias tradicionales de los pueblos indígenas, como las danzas y ofrendas que se realizan en ciertas fases lunares o épocas del agua. Estos rituales dependen del ritmo natural del Amazonas, que marca cuándo se siembra, se pesca o se honra a los espíritus del agua. Cuando los canales se secan o el cauce se desplaza, muchos sitios sagrados quedan inasequibles y los ciclos ceremoniales se rompen afectando la transmisión cultural entre generaciones.
Al desplazamiento del río se suman las sequías extremas que ha enfrentado el territorio. En 2024, según la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, el caudal del Amazonas se redujo hasta en un 90 % por la falta de lluvias, y trayectos que antes tomaban 15 minutos para llevar víveres a una comunidad se extendieron a casi 2 horas.
La situación exige una respuesta integral del Estado. Más allá de obras de mitigación, se requiere una política pública que reconozca el valor espiritual, cultural y ecológico del río Amazonas y sus brazos secundarios. Escuchar a los sabedores indígenas, registrar sus conocimientos y adaptar las estrategias de conservación a sus formas de vida puede ser la única forma de frenar esta pérdida silenciosa pero devastadora. (Información Agencia de Noticias UNAL).

