EL VALOR Y EL PRECIO DE LA DEMOCRACIA

octubre 3, 2012 7:23 am


Por Julio Fernando Rivera Vallejo

No obstante el marcado abstencionismo que tradicionalmente ha campeado en los procesos electorales de nuestra querida nación, hasta los autodenominados ´´ apolíticos ´´, coinciden en calificar a la democracia como la mejor o la menos mala entre las distintas formas de gobierno.

Inclusive, puede afirmarse que en materia tan compleja la tenemos más clara que los mismísimos sabios y filósofos griegos, quienes en el cuarto de hora de su rutilante cultura, faro indiscutible del mundo occidental, se rompieron los sesos elucubrando acerca de la conveniencia del gobierno detentado por una sola persona, vale decir la monarquía, o por el grupo de los mejores, constituido por la aristocracia; como si ello fuera poco, se preguntaron en su tiempo: ¿qué tal que por la ambición de poder y el deseo de satisfacer los apetitos personales antes que los intereses de la comunidad, la monarquía degenere en tiranía o la aristocracia en oligarquía?

La República, luego conocida como democracia, platónica y utópicamente concebida como el gobierno de todos y para todos, fue la salida de emergencia a la encrucijada que su inteligencia y su indecisión, cualidad y defecto atribuidos por los astrólogos – como todos los Profesores Salomón – a los nacidos bajo el signo libra, encontró y legó a la posteridad, para elevar el ego de los oprimidos de los siglos posteriores, pues, en la Grecia clásica, extranjeros, esclavos y mujeres no tenían voz ni voto y, por ende lejos estaban del derecho a participar de las decisiones políticas, con lo cual el gobierno de todos y para todos no pasaba de ser una falacia apenas explicada pero no justificada por el concepto aristotélico de la ´´ igualdad entre iguales ´´.

Partiendo entonces del reconocimiento al valor de la democracia como un derecho inalienable, así el día de las elecciones la mayoría prefiera irse a una finca o quedarse en casa para ver un partido de fútbol por televisión, todo generado en la apatía que produce la incredulidad, se coincide en considerar la importancia de la posibilidad abstracta de participar en las decisiones que nos afecten. El valor de la democracia parece, pues, algo incuestionable.

En cambio, el precio de la democracia, lo que se necesita en dinero contante y sonante para facilitar la mera posibilidad de ejercer el derecho al voto, es harina de otro costal, que despierta las más variadas posiciones. Prueba de ello es que los treinta y cinco mil millones de pesos que costaron las consultas internas de tres partidos políticos el domingo anterior, el Polo, el Mira y el Partido Verde, en las que participaron 506.013 ciudadanos y se registró una abstención del 93 %, han escandalizado a muchos, para quienes cada colectividad debe tener su propio censo electoral que le evite al Estado una erogación innecesaria.

Definitivamente, le damos mucho valor a la democracia, pero no hacemos uso de ella, y discutimos por el precio de mantener los canales que permitan la participación que rehusamos ejercer. Por algo dicen que Dios le da pan al que no tiene dientes…

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