Un llamado urgente a sanar las heridas de Colombia hizo el cardenal Luis José Rueda en exequias de Miguel Uribe
–Durante la emotiva y solemne eucaristía en la Catedral Primada, el cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá manifestó a la familia y amigos del senador Miguel Uribe Turbay su cercanía y oración, ante el sufrimiento por esta “tragedia que trae ecos del pasado, de una violencia política (…) Un momento especialmente triste, trágico y doloroso”.
“Le pedimos al Señor que conceda paz y fortaleza a su papá, a su hermana, a su esposa, a su hijo, a sus hijas y a todos los seres queridos más cercanos. Que nos dé a todos la luz de su Palabra, la presencia viva del Espíritu Santo, y la ternura de la Virgen María, solo así podremos avanzar con el dolor de estas heridas hacia la cultura del respeto social, de la dignidad humana y de la libertad con justicia”, afirmó.
Retomando el pasaje evangélico de las bodas de Caná (Jn 2, 1 – 11), el cardenal invitó a seguir el ejemplo de la Virgen María, capaz de detectar las crisis y buscar soluciones verdaderas en Jesús.
“Ella se dio cuenta de la crisis en las bodas de Caná y por eso se acerca a su Hijo para decirle: «No tienen vino». No tienen el vino de la alegría y de la fiesta, solo les queda tristeza y luto, solo tienen la tinaja vacía, como vacías están nuestras familias, cuando la absurda guerra les arrebata la vida a los jóvenes.
En medio de este dolor y desconcierto, afirmó: “El dolor nos puede dejar con la tinaja vacía y desanimados; el sufrimiento nos puede robar la capacidad de discernir el camino, pero la Virgen nos enseña a dar los pasos necesarios y oportunos, para salir de esta crisis, y para salir mejor».
En un tono firme y pastoral, el purpurado denunció la polarización agresiva y el empobrecimiento ético que —dijo— “nos arruina como país”.
Es la hora, aseguró, “para tejer juntos nuevas relaciones, con nosotros mismos, con Dios, y en el ambiente social, porque estamos viviendo tiempos de relaciones enfermas debido al egoísmo (…) Reconozcamos sinceramente que estos son tiempos de empobrecimiento ético y de polarización agresiva, que nos arruina, que acaba con nuestro país”, advirtió al tiempo que exhortó a que cada colombiano aporte lo mejor de sí para reconstruir la unidad social.
“Les propongo que nos preguntemos si estamos dispuestos a respetarnos y a trabajar para dejarle a las próximas generaciones una Colombia unida… Que juntos paremos esta fábrica de muertos en campos y ciudades. Que estas dos preguntas nos ayuden a reflexionar, y que la respuesta sea positiva para el bien de nuestro país…”.
Haciendo eco del mensaje de la Conferencia Episcopal, afirmó que “no podemos dejarnos robar la esperanza” y, citando al papa León XIV, invitó a sembrar “semillas que, incluso en la tierra más árida, puedan dar fruto de vida y futuro”.
Reiteró que el amor, y no la violencia, tiene la última palabra
“El amor se expresa en palabras de bondad y verdad, educa para curar y cuidar a la sociedad herida. Ese amor es el vino nuevo que nos da Jesús para llenar la tinaja vacía de nuestra historia”.
Finalmente, el cardenal expresó gratitud a quienes, en silencio, trabajan y oran por la unidad del país, mencionando de manera especial a la esposa del senador, María Claudia Tarazona, por su valentía y testimonio de fe en medio del dolor; y por, junto a sus familiares “hablarle desde el corazón a Colombia”.
Ahora nos corresponde, precisó, “continuar nuestro camino con valentía para servir al bien común y a la unidad de nuestra amada Patria, movidos por la fuerza de la esperanza, sin ocultar la atrocidad de los hechos que nos entristecen, sin someternos con resignación a la anticultura de muerte, que se quiere ensañar con nuestro país, y a las estructuras de pecado. Más bien, con la certeza de que nada nos podrá separar del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús”.
Acompañaron la misa exequial expresidentes y sus esposas; el alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán; el Nuncio apostólico en Colombia, monseñor Paolo Rudelli; el presidente y vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, monseñor Francisco Javier Múnera Correa y monseñor Gabriel Ángel Villa Vahos, respectivamente; obispos y presbíteros colombianos; miembros del cuerpo diplomático acreditados en el país; altas cortes; magistrados; ministros; representantes de delegaciones internacionales; fuerzas militares y de policía; alcaldes; gobernadores; diputados; concejales; demás autoridades del país; familiares y amigos del senador.
Tras el fallecimiento de Miguel Uribe Turbay, los obispos de la Iglesia Católica colombiana, a través de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) manifestaron su solidaridad con la familia del excongresista, y pidieron a las autoridades y entidades competentes del Estado que continúen los esfuerzos por el esclarecimiento de la verdad sobre este magnicidio, de modo que no quede impune».
Al mismo tiempo, los obispos instaron a los colombianos a «no dejarnos robar la esperanza» y a defender pacíficamente los valores nacionales, basados en la divisa del escudo: «¡Libertad y Orden!». Explicaron que este ideal implica:
– Libertad para el desarrollo humano integral, el respeto a las diferencias sin violencia y la protección de la vida en todas sus formas.
– Orden justo que garantice participación social, armonía y respeto a los derechos ciudadanos.
El cardenal Luis José Rueda Aparicio a través de un videomensaje, se unió también al dolor de la familia Uribe Turbay: «Hoy queremos decirle a la familia Uribe Turbay que los rodeamos (…) Ahora lo presentamos al Padre Dios para que lo reciba en la casa eterna». El purpurado pidió unidad nacional: «Este no es un momento para dividirnos. Este es un momento para unirnos», e insistió en rechazar toda violencia.
Ambos mensajes coincidieron en que «la violencia no es camino de vida ni de progreso» y subrayaron el desafío de construir «equidad, justicia, reconciliación y paz». La CEC finalizó su comunicado con una oración por Colombia, pidiendo que «los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano y los pueblos busquen la unión» (Prefacio de Reconciliación II).
