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Papa León XIV denuncia las “estrategias armadas” y advierte que proyectos de poder amenazan a la humanidad; propone a María como respuesta a ese poder

–(Foto Vatican News).Al concluir el año y el Jubileo, el Papa León XIV exhortó a los fieles a redescubrir el “designio sabio, benevolente y misericordioso” de Dios sobre la historia, advirtiendo contra las “estrategias armadas” y los proyectos de poder que hoy amenazan a la humanidad.

Lo hizo durante la celebración de las Primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima, Madre de Dios, en la Basílica de San Pedro, seguida del tradicional Te Deum de acción de gracias.

En su homilía, el Santo Padre subrayó que el Jubileo recién concluido ha sido “un gran signo de un mundo nuevo, renovado y reconciliado según el designio de Dios”, e invitó a Roma y a la Iglesia universal a ponerse al servicio de los más pequeños y vulnerables.

“El mundo —afirmó— va adelante impulsado por la esperanza de tantas personas sencillas, desconocidas pero no para Dios, que a pesar de todo creen en un mañana mejor, porque saben que el futuro está en las manos de Aquel que ofrece la esperanza más grande”.

El Papa comenzó destacando la riqueza litúrgica de la solemnidad mariana celebrada al final del año, recordando que en María se manifiesta el corazón del misterio cristiano: “El acontecimiento paradójico de un Dios que nace de una virgen, o, dicho al revés, de la maternidad divina de María”.

Citando la Carta a los Gálatas, León XIV recordó que Cristo vino “cuando llegó la plenitud del tiempo”, y explicó que esta expresión revela un proyecto divino sobre la historia: “Un designio grande y misterioso, pero con un centro claro: la plenitud del tiempo”.

Ese designio —añadió— no se impone por la fuerza, sino que se propone al corazón humano, como ocurrió con la Virgen María. “Dios no impuso su Palabra: la propuso primero a su corazón y, recibido su ‘sí’, la escribió con amor inefable en su carne”.

En uno de los pasajes de la homilía, el Pontífice contrastó el designio de Dios con los planes que hoy dominan el escenario internacional. “Otros designios —advirtió— envuelven el mundo: estrategias para conquistar mercados, territorios y zonas de influencia, armadas y revestidas de discursos hipócritas, de proclamas ideológicas y de falsos motivos religiosos”.

Frente a ello, señaló que María “ve las cosas con la mirada de Dios” y proclama que el Señor “dispersa los planes de los soberbios, derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes”.

Refiriéndose a la ciudad de Roma, el Papa recordó que su vocación jubilar no se debe a su poder o a su historia política, sino al testimonio de los mártires. “No por sus glorias ni por su potencia, sino porque aquí derramaron su sangre por Cristo Pedro, Pablo y tantos otros mártires”.

Por ello, lanzó un deseo concreto para la capital italiana: “Que Roma esté a la altura de sus pequeños: de los niños, de los ancianos solos y frágiles, de las familias que más dificultades tienen para seguir adelante, de los hombres y mujeres que llegan de lejos esperando una vida digna”.

Al finalizar, León XIV dio gracias por el Año Santo y por quienes trabajaron para acoger a millones de peregrinos, retomando un deseo expresado anteriormente por el Papa Francisco. “Que esta ciudad, animada por la esperanza cristiana, pueda estar al servicio del designio de amor de Dios sobre la familia humana”, concluyó, encomendando este propósito a la intercesión de la Virgen María, Salus Populi Romani.

De otro lado, en la Plaza de San Pedro, colmada de fieles, el Papa León XIV presidió este miércoles la última Audiencia General del año, marcada por un tono de acción de gracias, examen de conciencia y esperanza cristiana.

En el corazón del tiempo de Navidad y “cerca del final del Jubileo”, el Pontífice animó a los fieles a poner todo lo vivido “frente al Señor”, confiando en su Providencia y en la renovación de su gracia.

“El año que ha pasado ha estado marcado por eventos importantes: algunos felices, como la peregrinación de tantos fieles con ocasión del Año Santo; otros dolorosos, como el fallecimiento del añorado Papa Francisco y los escenarios de guerra que siguen devastando el planeta”, recordó el Santo Padre.

Ante este balance, subrayó que la Iglesia invita a encomendarlo todo a Dios, pidiéndole que “se renueven, en nosotros y a nuestro alrededor, los prodigios de su gracia y de su misericordia”.

En su catequesis, basada en la Carta a los Efesios (Ef 3,20-21), León XIV destacó el significado del tradicional canto del Te Deum, que la Iglesia entona al final del año. “Cantaremos: ‘Te alabamos, Dios’, ‘Tú eres nuestra esperanza’, ‘Que tu misericordia esté siempre con nosotros’”, dijo, citando a su predecesor para explicar el verdadero sentido de esta alabanza.

Recordó las palabras del Papa Francisco, quien afirmaba que, frente a la gratitud y la esperanza meramente mundanas, “en esta Liturgia se respira otra atmósfera diferente: la de la alabanza, del asombro, del agradecimiento”. Desde esta perspectiva, el Pontífice invitó a los fieles a un “honesto examen de conciencia”, reconociendo las ocasiones en las que no supieron acoger las inspiraciones de Dios ni hacer fructificar los talentos recibidos.

Otro de los ejes de la catequesis fue el signo del “camino” y de la “meta”, especialmente visible durante el Jubileo. “Tantos peregrinos han venido, este año, desde todas las partes del mundo, a rezar sobre la Tumba de Pedro y a confirmar su adhesión a Cristo”, afirmó el Papa.

“Toda nuestra vida es un viaje, cuya meta última transciende el espacio y el tiempo, para cumplirse en el encuentro con Dios y en la plena y eterna comunión con Él”, explicó, evocando también la oración del Te Deum: “Acógenos en tu gloria en la asamblea de los santos”. En este contexto, citó a San Pablo VI, quien definía el Jubileo como un gran acto de fe en “la espera de nuestros futuros destinos”.

El Papa León XIV se detuvo también en el gesto jubilar del paso de la Puerta Santa, vivido por millones de peregrinos. Este acto, explicó, expresa el “sí” del creyente a Dios, que con su perdón invita a cruzar “el umbral de una vida nueva, animada por la gracia y modelada en el Evangelio”.

Una vida, añadió, marcada por el amor concreto al prójimo, incluso cuando este resulta difícil: un amor que reconoce en cada persona “la incomparable dignidad de hermano”. Se trata, subrayó, de un compromiso vivido en el presente, pero orientado siempre a la eternidad.

Iluminando estos signos a la luz de la Navidad, el Santo Padre citó a San León Magno, quien proclamaba: “Que exulte el santo, porque se acerca la recompensa; que se alegre el pecador, porque se le ha ofrecido el perdón; que recupere el ánimo el pagano, porque está llamado a la vida”. Una invitación —dijo— dirigida a todos: santos por el Bautismo, pecadores necesitados de perdón y hombres y mujeres frágiles, cuya debilidad Cristo ha redimido.

Al concluir, León XIV recordó las palabras de San Pablo VI al cierre del Jubileo de 1975, resumiendo el mensaje cristiano en una sola palabra: “amor”. Y citó con fuerza: “¡Dios es amor! […] ¡Dios me ama! ¡Dios me espera y yo lo he encontrado! ¡Dios es misericordia! ¡Dios es perdón! ¡Dios, sí, Dios es la vida!”.

“Que nos acompañen estos pensamientos en el paso entre el viejo y el nuevo año y después siempre en nuestra vida”, deseó el Pontífice, antes de saludar especialmente a los peregrinos de lengua española, a quienes animó a “poner el pasado en manos de Dios, para poder vivir el presente con la esperanza de un futuro lleno del gozo que solo se encuentra en su santa presencia”. (Información Diego López Marina, Aciprensa).

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