Internacional

Nicolás Maduro cayó en una operación calcada de la que EE.UU ejecutó en Panamá para sacar del poder a Manuel Antonio Noriega

–«Panamá hace 36 años, podría repetirse ahora en Venezuela ¿qué pasó?», así titulamos aquí en la web de Radio Santa Fe el pasado 24 de diciembre cuando se cumplió un nuevo aniversario de la incursión de EE.UU para capturar al entonces llamado «hombre fuerte» Manuel Antonio Noriega. En esa oportunidad Estados Unidos movilizó a 26.000 soldados que dominaron a unos 12.000 hombres de Noriega para cumplir el cometido.

Y esta es la historia de lo que llevó a Estados Unidos a invadir a Panamá y la forma como se produjo la captura de Manuel Antonio Noriega, quien, tras alcanzar el grado militar de General, se convirtió en Comandante en Jefe de las Fuerzas de Defensa panameñas y gobernante de facto del país, consolidando su poder tras la muerte de Omar Torrijos en 1981, aunque comenzó como subteniente y ascendió rápidamente.

El contexto era el siguiente: Manuel Noriega, quien otrora fuera agente de la CIA, había dejado de ser un subordinado fiable para Washington y comenzó a actuar con mayor autonomía en torno al Canal de Panamá, uno de los conectores comerciales fundamentales del planeta, ya que es la vía más rápida de conexión entre el Atlántico y el Pacífico.

En el umbral del nuevo orden mundial, EE.UU. no podía permitirse perder el control político efectivo de esa infraestructura estratégica. Bajo una narrativa que nos puede sonar —una acusación por narcotráfico—, el gobierno de EE.UU. tomó la determinación de invadir el país para derrocar a su presidente.

Muchos recuerdan cómo los tanques estadounidenses, en el colmo de su cinismo, llevaban escritos de «Feliz navidad» por aquellos días de diciembre. Panamá, que ya arrastraba una historia sangrienta desde su origen, incluía un nuevo capítulo trágico a su historia.

La invasión tuvo nombre oficial —Operación «Causa Justa»— y comenzó de madrugada el 20 de diciembre de 1989, prolongándose formalmente hasta el 31 de enero de 1990. Para ejecutarla, EE.UU. elevó su despliegue total hasta cerca de unos 27.000 soldados (una parte ya estaba estacionada en el país y otra llegó por aire), con una superioridad aplastante en medios y capacidad de fuego.

Muchos recuerdan cómo los tanques estadounidenses llevaban escritos de «Feliz navidad» por aquellos días de diciembre.

Panamá, que ya arrastraba una historia sangrienta desde su origen, incluía un nuevo capítulo trágico a su historia.

El primer golpe se concentró sobre instalaciones estratégicas, pero el resultado real fue guerra urbana sobre barrios populares, con un episodio que quedó fijado en la memoria nacional: El Chorrillo, convertido en símbolo del castigo colectivo y de la impunidad del vencedor. El Cuartel Central de las fuerzas panameñas estaba enclavado en esa barriada junto a la Zona del Canal, y eso selló su destino durante la invasión: bombardeos y fuego envolvieron las casas hasta en las primeras horas del 20 de diciembre, obligando a familias enteras a huir sin ayuda alguna mientras sus viviendas eran consumidas por las llamas. La vida que conocían allí —un lugar alegre y de gente trabajadora— cambió para mal de manera irreversible, y treinta años después las heridas siguen vivas en quienes lo recuerdan, sin que se conozca con claridad la magnitud de la tragedia ni se cierre la herida abierta en la memoria colectiva.

Hoy se desconoce el número exacto de víctimas en El Chorrillo. Asociaciones de memoria histórica del istmo reclaman transparencia y reparación, y los actos conmemorativos en el país durante estos días se vuelven, por necesidad, ceremonias no solo de recuerdo sino de una reivindicación política pendiente.

Hubo cifras oficiales que hablaron de centenares, y estimaciones y recuentos que elevan el saldo —incluido el civil— muy por encima, hasta rangos de miles de muertos, según fuentes. Lo único seguro es que, 36 años después, no existe un número consensuado. Un desacuerdo con connotaciones claramente políticas que pone de manifiesto cómo se enterró la memoria colectiva de un pueblo.

Además, la comunidad internacional dejó constancia, en términos inequívocos, de que aquello no fue un «operativo» sino una violación abierta del orden jurídico internacional: la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la resolución 44/240, que «deplora» la intervención y la califica como «flagrante violación del derecho internacional».

La condena internacional no tuvo consecuencias para el agresor.

Noriega fue extraditado a Francia en 2010, donde fue declarado culpable y sentenciado a siete años de prisión por lavado de dinero. En 2011, Francia lo extraditó a Panamá, donde fue encarcelado por crímenes cometidos durante su gobierno, por los cuales había sido juzgado y condenado en ausencia en la década de 1990.

Manuel Antonio Noriega murió el 29 de mayo de 2017 a los 83 años en un hospital de Panamá, debido a complicaciones por la extirpación de un tumor cerebral benigno, tras sufrir una hemorragia y necesitar una nueva intervención, cerrando así su vida después de estar preso y en arresto domiciliario por años.

Noriega había estado en cuidados intensivos desde marzo de 2017 y ya había desarrollado problemas de salud (como hipertensión y paros cardiacos) mientras estaba encarcelado en Estados Unidos y Francia. (Con información de Carmen Parejo Rendón, RT).