
Con los bancos centrales aumentando sus compras, los conflictos internacionales en ascenso y las principales divisas bajo presión, los analistas proyectan que el metal precioso podría superar los 5.000 dólares por onza en los próximos dos años. Se trata de una de las apuestas más fuertes en el panorama financiero actual, reflejo de la búsqueda mundial de estabilidad en tiempos de incertidumbre.
¿Qué está empujando al oro a cifras récord?
El contexto global juega un papel fundamental en este nuevo rally del oro, porque más allá del simple vaivén de los mercados, lo que hay detrás es una serie de movimientos estructurales que se vienen gestando desde hace un buen tiempo. Para quienes buscan entender cómo operar con materias primas, este fenómeno ofrece una lección clara: los factores geopolíticos, la política monetaria y las decisiones de los bancos centrales pueden modificar por completo la dinámica de precios incluso en los activos más tradicionales.
Alex Wolf, estratega de JP Morgan Private Bank, explica que la combinación de tres elementos está impulsando este nuevo rally: la creciente demanda de los bancos centrales de mercados emergentes, la pérdida de confianza en las monedas tradicionales y una política monetaria incierta tanto en Estados Unidos como en Europa.
En el último año, los bancos centrales añadieron más de 630 toneladas de oro a sus reservas, y todo apunta a que en 2025 esa cifra podría superar las 900 toneladas, un nivel que no se veía desde finales de los años sesenta. China encabeza la lista de compradores, aunque países como Polonia, Turquía o Kazajistán también están fortaleciendo sus reservas para reducir su dependencia del dólar y diversificar sus activos.
Una carrera por refugiarse
Cada vez más analistas coinciden en que lo que mueve al oro es la necesidad de preservar riqueza. En un mundo donde las monedas pierden valor y la confianza en los sistemas financieros se erosiona, el oro vuelve a ofrecer una sensación de estabilidad que pocas alternativas logran. Desde JP Morgan insisten en que no se trata de reemplazar al dólar, sino de equilibrar las carteras de inversión y las reservas estatales con un activo tangible y resistente a las turbulencias.
Porque cuando un país como China acumula oro mientras reduce su exposición al dólar, lo que está haciendo es mandar un mensaje al resto del mundo: que ya no dependen tanto del sistema financiero occidental.
¿Y los inversores? También quieren su parte
Por el lado de los inversores privados, la cosa no se queda atrás. Según Wolf, todavía hay mucho margen para que el oro crezca dentro de las carteras globales. Muchos operadores están adoptando estrategias de trading por posición, apostando por movimientos de largo plazo más que por la especulación diaria, ya que el contexto sigue favoreciendo al metal dorado frente a otros activos. Hoy, en promedio, representa apenas un pequeño porcentaje del portafolio de los grandes fondos, y si solo una parte decidiera subir su exposición al metal dorado, el efecto en los precios sería inmediato. Esa demanda adicional, sumada a una oferta que no logra mantenerse al ritmo, genera un combo ideal para que los precios sigan su camino ascendente.
HSBC también se sube a la ola alcista
En la misma línea, HSBC también prevé que el oro alcance los 5.000 dólares la onza en 2026, aunque su análisis añade matices. Para ellos, el ciclo de alzas estará impulsado por la compra de bancos centrales, pero también por los riesgos geopolíticos cada vez más intensos, el aumento de la deuda pública en economías desarrolladas y el debilitamiento sostenido del dólar.
demás, apuntan que, a diferencia de otros picos históricos donde el mercado se infló para luego desmoronarse, esta vez los nuevos actores podrían permanecer más tiempo. Ven el oro como una herramienta de diversificación estable, no como una apuesta de corto plazo.
El “efecto oro” y su impacto local
Este boom dorado ya empieza a sentirse en varios frentes. En países con fuerte tradición minera, las inversiones en exploración y explotación están aumentando, impulsadas por las expectativas de precios más altos y una demanda estable por parte de los bancos centrales. En regiones de Asia, África y América Latina, los proyectos auríferos se reactivan, generando empleo, atrayendo capital extranjero y revitalizando cadenas productivas vinculadas a la minería.
Un repunte sostenido en el precio del oro podría significar más puestos de trabajo, mayores ingresos fiscales y una mayor participación de las economías emergentes en el comercio mundial de metales preciosos. A nivel global, también impulsa la innovación tecnológica en exploración, procesamiento y reciclaje, sectores que ganan relevancia cuando los precios alcanzan niveles históricos.
Un equilibrio frágil
Aun así, el escenario no está libre de riesgos. Algunos analistas advierten que un cambio brusco en la política monetaria de la Reserva Federal, una desaceleración en las compras de los bancos centrales o un aumento repentino en la oferta de oro reciclado podrían frenar el rally. Además, si la inflación comienza a moderarse más rápido de lo previsto o los conflictos geopolíticos se reducen, los inversores podrían optar por activos con mayor rendimiento a corto plazo.
El oro como termómetro de un mundo inquieto
En definitiva, lo que estamos viendo con el oro es un reflejo de un mundo que busca certezas, que se replantea su forma de ahorrar, invertir y protegerse. Que los bancos centrales estén comprando a un ritmo récord, que los fondos empiecen a rediseñar sus estrategias y que las economías mineras se reactiven son señales de un cambio estructural que va más allá del corto plazo.
Y si bien nadie puede garantizar que el oro llegará a los 5.300 dólares por onza, lo que sí parece cada vez más claro es que su protagonismo está de regreso, y esta vez, para quedarse un buen rato.