Soy exaltado admirador del escritor Julio César Londoño, premio Juan Rulfo de Cuento y formidable columnista de periódicos y revistas.

Me gozo sus textos, como he disfrutado el que fuese finalista del Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casa América. Considero mezquino que no le hayan concedido el premio mayor.

Su novela, que acaba de aparecer, Proyecto Piel, es una delicia.

“Desesperado por comunicarse con su hijo autista, un hombre inventa un juguete extraordinario, el más bello artefacto concebido jamás por una mente humana: un museo dedicado a las percepciones sensoriales”, dice la contraportada.

Y aquí viene el maestro:

“….el olfato se considera un sentido secundario. A la gente le parece terrible perder la vista, el oído, un brazo. Del olfato no se habla.

“….El olor estrella de esta ala lo llamaré NJB. Se trata de una verdadera bomba: un pedo de Marilyn Monroe. No se ría, es algo perfectamente posible, recuerde que nada se destruye totalmente, que las sustancias se diluyen y las vibraciones se atenúan pero nunca desaparecen por completo.

“…El caso es que habíamos elegido un procedimiento sofisticado, algo con ingenieros genéticos y biólogos moleculares y una inversión de muchos miles de dólares, pero todo se simplificó gracias a un golpe de suerte: nos topamos con un tipo que tenía unos calzones de la diva. Los había comprado en una subasta en Cristies por una suma estrambótica.

“…..Un biólogo rescató de los encajes las bacterias responsables del divino bouquet y cultivó esas reliquias en su laboratorio, donde reprodujeron como conejos, como lo habría hecho ella misma de no haber tropezado con tanto cabrón en su corta vida. Gracias a los desvelos de este hombre de ciencia el museo podrá ofrecer a sus visitantes, aunque sean millones, flatos genuinos de Marilyn Monroe.

“…..Usted dirá que todo esto es fetiche, escatología; que lo sublime, lo irrepetible era ella misma y su culo duro y rosado. Tiene razón, estoy de acuerdo, pero tenga en cuenta que los originales, en arte como en todo, son para unos pocos privilegiados, los demás tenemos que conformarnos con postres, con los ecos y las sombras de las cosas….”.

En fin, apenas quiero compartir el inicio del libro, aunque un trozo tan reducido y vaporoso pueda dejar un sabor (o un olor) nada preciso.

Les aseguro que la novela de Londoño es extraordinaria, “un tratado poético de los sentidos”, una soberbia explosión literaria de un magnífico escritor.