En Bogotá, el sentimiento de ser extranjero no existe

abril 9, 2012 1:50 pm

Por Julia Lehmann. Periodista Alemana en Bogotá

Un viaje a otro país siempre parece un viaje a la infancia. Uno ve las cosas con ojos diferentes. Las impresiones son muy fuertes y la percepción es más sensible. Así me siento yo, muy abierta a todo lo que está pasando al llegar a Bogotá. Todo es nuevo, muchas cosas son diferentes, algunas cosas similares.

La ciudad huele dulce, huele a pesado. El clima aquí no permite ligereza: la altura, las montañas, el aire – condiciones que no son fáciles para el cuerpo, para la respiración, si uno no está acostumbrado. El viento tampoco aquí es ligero. Sopla fuerte y frío. Sin embargo no hace frío en Bogotá, por lo menos desde una visión como la alemana. No obstante, los bogotanos se sienten en invierno en temporadas actuales. Lluvia significa invierno. Una cosa chistosa, porque en Alemania el invierno es considerado como la temporada en la cual está nevando y las temperaturas bajan a menos quince grados.

Igual como es el tiempo es el estilo de conducir. Pesado, fatigoso e imprevisible. Un viaje en el auto me deja miedosa, tensa y sudorosa. ¿Para qué sirven las señales de velocidad si nadie les hace caso? Cuando avisan 60 km/h la gente maneja 100 km/h. Pero no solamente la rapidez sino también la manera de conducir es aterrorizante. Las luces intermitentes no tienen uso aquí. Tampoco la gente mantiene distancia de seguridad al próximo carro. Pero ni los transportes públicos como el Transmilenio me dejan relajar. Una vez subiendo al autobús se nota directamente el aviso de la prohibición de llevar armas. En Alemania nada más hay señales que prohíben alimentos y bebidas en el transporte público. Ahí en el autobús parece que el clima llega a su extremo. La masa de gente causa un aire pesado.

Así que uno no solo está tenso por la vigilancia de sus cosas personales sino también porque tiene que luchar contra la falta de aire. Si todo eso no fuera suficiente el sistema del Transmilenio es inabordable. Por esta razón no es muy raro terminar subiéndose al autobús falso que lo lleva a uno del norte hasta al sur sin parar.

Hablemos de lo Bueno

Lo bueno es que la gente, una vez extraviado, es siempre amable y dispuesta a ayudar, hasta se ofrecen para acompañarlo a uno. No obstante, la amabilidad no puede protegerte contra informaciones falsas. Así pues, parece que la gente prefiere ayudar aunque sea falso que admitir que no sepa. No obstante, el transporte público -igual como en todos otros lugares- representa a unos ciudadanos que son uno de los más abiertos, amables y atentos que conocí en toda mí vida. Una persona nueva siempre se sienta marginada y fuera de lugar en Alemania. Tarda mucho en encontrar amigos y sentirse aceptado.

Al contrario aquí: el sentimiento de ser nuevo no existe. Desde el primer momento uno es integrado al círculo de los demás. Este desequilibro me da rabia, porque sé que extranjeros, mejor dicho extranjeros que no vienen de países del así llamado primer mundo, en Alemania, por ejemplo, no son recibidos como sí ocurre aquí en Colombia.

Una persona de Alemania no confiaría en esta amabilidad; siempre sospecharía algo malo, como si no pudiera creer que alguien obrara así sin segundas intenciones. Sin embargo, cada día uno aprende que se ha equivocado. Así que uno se queda asombrado por esta manera, una estupenda manera, de tratar a la gente.

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