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Obama promete rehacer a Estados Unidos

Actualizado: 1:00 p.m.

Barack Obama tomó posesión como el 44º presidente de EE UU en el Capitolio de Washington, en una ceremonia que siguieron millones de personas. En su discurso de posesión, Obama prometió ante el mundo enfrentar los problemas que aquejan al pueblo norteamericano y volver a hacer de Estados Unidos un líder global.

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FRASES Y MOMENTOS DE LA POSESIÓN:

12.23 h. «El mundo ha cambiado y debemos cambiar con él«, insiste. «Por mucho que pueda hacer el Gobierno, son la fe y determinación del pueblo» las que pueden hacer realidad el cambio, dice.
12.21 h. Recuerda a los padres fundadores, que «se enfrentaron a peligros que casi no podemos ni imaginar», y también a los líderes que pusieron fin a la Guerra Fría. «Nuestro poder, por sí solo, no puede protegernos«. Parece un llamamiento a una nueva era basada en las ideas y las alianzas por encima de los tanques y las metralletas.
12.16 h. «Queda trabajo por hacer«, añade, con especial atención a la crisis económica. Se dirige a quienes dudaron de su proyecto, de la posibilidad de desarrollar grandes ideas y ponerlas en marcha. «La cuestión no es si el Gobierno es demasiado grande, sino si realmente funciona».
12.12 h. «Seguimos siendo una nación joven», asegura, antes de defender la renovación del sueño americano y de la «grandeza» de EEUU.
12.10 h. El presidente Obama toma la palabra «humilde, agradecido y atento» a los retos del futuro. En sus primeras palabras son para Bush, ya ex presidente, a quien da las gracias por su «generosidad y colaboración» en el proceso de transición a la Casa Blanca.
12.07 h. «Yo, Barack Hussein Obama, juro solemnemente…». Los nervios le juegan una mala pasada al 44º presidente de EEUU, que se ve obligado a pedirle al presidente del Supremo, John Roberts, que repita un fragmento de la declaración.
Felipe Sahagún
12.06 h.
Aunque sólo durante unos segundos, todos los espectadores de la CNN han podido ver en varias ocasiones imágenes fugaces de los camiones que están haciendo la mudanza de los presidentes saliente y entrante en la Casa Blanca. Cuando termine la ceremonia inaugural, la operación estará terminada. Ningún operario que no esté entre los 93 empleados del edificio presidencial pone un pie en ella. Como si de una operación militar o de la orquesta mejor afinada se tratara, el traslado estará concluido. Es cierto que ni los Bush trajeron sus muebles de Texas ni los Obama traen sus principales muebles de Chicago. El nuevo presidente recibirá 70.000 dólares del erario público para hacer cambio y eso es todo.
12.05 h. Los Obama —él, con los ojos cerrados; ella, jugando con sus niñas— disfrutan de una interpretación de violín. En unos minutos llega el juramento.
12.00 h. Biden jura como vicepresidente. Promete «defender el país contra todos los enemigos». La misma sonrisa de siempre, el premio a una larguísima carrera en el Senado. Su mujer, Jill, confesó esta semana en una entrevista que Obama le ofreció elegir entre los cargos de vicepresidente o secretario de Estado. ¿Qué tal le habrá sentado a Hillary Clinton?
Felipe Sahagún
11.57 h.
Con la voz de Aretha Frankln de fondo y el océano de seres humanos que se extiende desde el Capitolio hasta el Lincoln Memorial, nadie que acabe de escuchar las palabras de Dianne Feinstein, presidenta del Comité Inaugural, y del pastor Rick Warren puede menos que sentirse emocionado y, al mismo tiempo, agradecido de lo que vivimos una vez más. Es un canto a la democracia, a la justicia y a la unidad en el momento de crisis más grave que vive la humanidad en mucho tiempo. Tanto Feinstein como Warren han destacado el eco del sueño de Martin Luther King que, finalmente, va entrar, con Obama, en la Casa Blanca.
11.55 h. Un poco de música antes del momento decisivo. Aretha Franklin, con un lazo gris en su cabeza que ocupa casi tanto como ella misma, interpreta ‘My Country ‘Tis of Thee’.
17.50 h. El turno del pastor evangélico Rick Warren. Se oyen algunos pitos de fondo, quizá por su postura contraria a los matrimonios homosexuales.
Felipe Sahagún
11.49 h.
Aparte del discurso del nuevo presidente, en la hora escasa que dura la ceremonia de inauguración en una plataforma ante el Capitolio —sin sujeción alguna a él para no dañar la estructura—- lo más importante es la bendición y oración, el poema y las interpretaciones musicales elegidas. En la selección de un reverendo conservador, opuesto al aborto y al matrimonio homosexual, Obama ha dado una nueva prueba de su promesa de superar el partidismo y de huir de la ideología durante su mandato. Nada más lejos del reverendo Billy Graham, que dirigió la bendición de varias inauguraciones republicanas.
11.48 h. Toma la palabra la senadora Dianne Feinsten, encargada de organizar la investidura. Recuerda la tradición que se repite cada cuatro años y destaca «la supremacía de las urnas sobre las balas» (más poético en inglés: «ballot» y «bullet»).
1143 h. «Señoras y señores, con ustedes, el presidente electo de EEUU: Barack Obama». Washington estalla en gritos y chillidos.
1140 h. Biden llega con su habitual sonrisa y reparte besos y abrazos. Tras él espera la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, mientras Obama trata de mantener la calma en el día más importante de su vida.
Felipe Sahagún
1137 h.
La obsesión por la seguridad, la multitud asistente y el ambiente festivo son comunes. La que más asistentes tuvo en el ‘Mall’ o gran explanada que separa el Capitolio de la Casa Blanca, según el Comité Organizador del Congreso, fue la de Johnson en 1965, con más de un millón. Al desfile, naturalmente, asisten muchos más. Estoy viendo la llegada de los principales dignatarios invitados y me ha llamado la atención la entrada en la zona ‘VIP’ de Cheney en silla de ruedas. Su portavoz explica que ayer se hizo daño cogiendo cajas en la mudanza. En serio, aunque auene a broma.
1135 h. George W. Bush, en sus últimos minutos como líder del ‘mundo libre’, ocupa su lugar. Junto a él, Dick Cheney —en silla de ruedas por un accidente— y los líderes republicanos en el Congreso.
17.29 h. La primera dama, Laura Bush, y la esposa del vicepresidente, Lynne Cheney, se presentan juntas en el escenario para unirse al resto de invitados ‘VIP’ de la fiesta. Las siguientes en sumarse al grupo son Michelle Obama y Jill Biden, el lado femenino de la candidatura demócrata que consiguió la victoria en las elecciones del 4 de noviembre.
Felipe Sahagún
1128 h.
El discurso más elocuente, según la mayoría de los historiadores, fue el de Lincoln en 1865, que ya he citado, pero, tras haberme leído casi todos, yo creo que el mejor fue el de Kennedy en 1961. En esa intervención, reconoce —como hoy Obama— que “la antorcha ha pasado a una nueva generación” y, ante los desafíos internos y externos de los 60, pide el sacrificio de todos —»preguntaros qué podeis hacer por vuestro país»—- y promete, rememorando el “nada que temer” de Roosevelt, “no negociar jamás por miedo, pero no tener nunca miedo a negociar”. Si buscamos la línea o las seis palabras más cargadas de historia, me quedó con la frase de Ford en 1975: “Nuestra prolongada pesadilla nacional [el Watergate de Nixon] ha terminado”
1125 h. Las hijas del futuro presidente, Malia y Sasha, bajan las escaleras que llevan hacia la enorme masa de público que se congrega en el ‘Mall’ de la capital estadounidense.
1116 h. Los tres ex presidentes vivos —Carter, Bush padre y Clinton— ya están en el lugar para asistir a la gran fiesta de Obama. También se encuentra allí Hillary Clinton, ex primera dama y próxima secretaria de Estado en sustitución de Condoleezza Rice.
Felipe Sahagún
1109 h.
Aunque la agenda de la ceremonia de inauguración está estrictamente fijada, no hay dos ceremonias iguales y siempre surgen sorpresas. A veces, por el tiempo, generalmente con temperaturas bajo cero. Un presidente del siglo XIX, William Henry Harrison, agarró tal pulmonía que falleció un mes después. Ocurrió en 1841. Aunque algunos presidentes, como Ronald Reagan en 1985, prefirieron celebrar el acto en el interior del Congreso para evitar disgustos mayores, la tradición de hacerlo al aire libre se ha respetado casi siempre desde que la inició James Monroe en 1817.
1106 h. Los actos comenzarán a las 17.30, hora peninsular española, en la plataforma especial instalada bajo el Capitolio. Según la agenda, Joe Biden jurará primero como vicepresidente y unos 10 minutos después le tocará el turno a Obama.
Felipe Sahagún
1103 h.
Si lo que nos han ido filtrando sus principales consejeros se cumple, el discurso inaugural tratará de combinar el espíritu y la lírica de Abraham Lincoln en su segunda inauguración en 1865, la fuerza y serenidad de Franklin Delano Roosevelt en 1933 ante la depresión, el sueño de la igualdad de Martin Luther King de 1963 hecho realidad y la visión de un nuevo comienzo, cambio y esperanza de presidentes tan diferentes como John F. Kennedy, Jimmy Carter y Bill Clinton. No suele haber mucha precisión en los compromisos que se contraen en estas ocasiones y con Obama, seguramente menos, pues su mensaje principal no está en lo que diga sino en quién lo dice: el primer presidente negro de EEUU.
1102 h. Cientos de miles de personas han llegado hasta Washington para vivir de cerca el primer día de la presidencia Obama. Antes de la ceremonia, el líder demócrata y su esposa, Michelle, han acudido a la Casa Blanca para mantener un breve encuentro con el presidente saliente, George W. Bush, y su mujer, Laura.
   

DISCURSO:

–“Los desafíos a los que nos enfrentamos son reales, son graves y son muchos”, advirtió Barack Obama al asumir como nuevo presidente de los Estados Unidos.

En su discurso, que leyo en quince minutos, Obama aseguro que esos retos “no los enfrentaremos fácilmente o en un corto periodo de tiempo”. Sin embargo, agregó, “Estados Unidos debe saber que les haremos frente”.

Igualmente advirtió que su pais está en medio de una crisis.

“Nuestra nación está en guerra frente a una red de gran alcance de violencia y odio. Nuestra economía está gravemente debilitada, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por el fracaso colectivo a la hora de elegir opciones difíciles y de preparar a la nación para una nueva era”, subrayó Obama.

El texto completo del discurso de toma de posesión de Obama es el siguiente:

Compatriotas:

Me encuentro hoy aquí con humildad ante la tarea que enfrentamos, agradecido por la confianza que me ha sido otorgada, consciente de los sacrificios de nuestros antepasados. Agradezco al presidente Bush su servicio a nuestra nación, así como la generosidad y cooperación que ha demostrado a lo largo de esta transición.

Ya son cuarenta y cuatro los norteamericanos que han hecho el juramento presidencial. Estas palabras han sido pronunciadas durante mareas de prosperidad y aguas tranquilas de la paz. Y, sin embargo, a veces el juramento se hace en medio de nubarrones y furiosas tormentas. En estos momentos, Estados Unidos se ha mantenido no sólo por la pericia o visión de los altos cargos, sino porque nosotros, el pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antecesores y a nuestros documentos fundacionales.

Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de norteamericanos.

Que estamos en medio de una crisis es algo muy asumido. Nuestra nación está en guerra frente a una red de gran alcance de violencia y odio. Nuestra economía está gravemente debilitada, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por el fracaso colectivo a la hora de elegir opciones difíciles y de preparar a la nación para una nueva era.

Se han perdido casas y empleos y se han cerrado empresas. Nuestro sistema de salud es caro; nuestras escuelas han fallado a demasiados; y cada día aporta nuevas pruebas de que la manera en que utilizamos la energía refuerzan a nuestros adversarios y amenazan a nuestro planeta.

Estos son los indicadores de una crisis, según los datos y las estadísticas. Menos tangible pero no menos profunda es la pérdida de confianza en nuestro país – un temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y de que la próxima generación debe reducir sus expectativas.

Hoy os digo que los desafíos a los que nos enfrentamos son reales. Son graves y son muchos. No los enfrentaremos fácilmente o en un corto periodo de tiempo. Pero Estados Unidos debe saber que les haremos frente.

Hoy nos reunimos porque hemos elegido la esperanza sobre el temor, la unidad de propósitos sobre el conflicto y la discordia. Hoy hemos venido a proclamar el fin de las quejas mezquinas y las falsas promesas, de las recriminaciones y los dogmas caducos que durante demasiado tiempo han estrangulado a nuestra política.

Seguimos siendo una nación joven, pero, según las palabras de las Escrituras, ha llegado el momento de dejar de lado los infantilismos. Ha llegado el momento de reafirmar nuestro espíritu de firmeza: de elegir nuestra mejor historia; de llevar hacia adelante ese valioso don, esa noble idea que ha pasado de generación en generación: la promesa divina de que todos son iguales, todos son libres y todos merecen la oportunidad de alcanzar la felicidad plena.

Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, somos conscientes de que la grandeza nunca es un regalo. Debe ganarse. Nuestro camino nunca ha sido de atajos o de conformarse con menos. No ha sido un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo o buscan sólo los placeres de la riqueza y la fama. Más bien, han sido los que han asumido riesgos, los que actúan, los que hacen cosas -algunos de ellos reconocidos, pero más a menudo hombres y mujeres desconocidos en su labor, los que nos han llevado hacia adelante por el largo, escarpado camino hacia la prosperidad y la libertad.

Por nosotros se llevaron sus pocas posesiones materiales y viajaron a través de los océanos en busca de una nueva vida.

Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y se establecieron en el oeste; soportaron el látigo y araron la dura tierra.

Por nosotros lucharon y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn.

Una y otra vez estos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener llagas en las manos para que pudiéramos tener una vida mejor. Veían a Estados Unidos más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales, más grande que todas las diferencias de origen, riqueza o facción.

Este es el viaje que continuamos hoy. Seguimos siendo la nación más próspera y poderosa de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando empezó esta crisis. Nuestras mentes no son menos inventivas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado o el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el tiempo del inmovilismo, de la protección de intereses limitados y de aplazar las decisiones desagradables, ese tiempo seguramente ha pasado. A partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y volver a empezar la tarea de rehacer Estados Unidos.

Porque allí donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía requiere una acción audaz y rápida y actuaremos no sólo para crear nuevos empleos sino para levantar nuevos cimientos para el crecimiento. Construiremos carreteras y puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que alimentan nuestro comercio y nos mantienen unidos. Pondremos a la ciencia en el lugar donde se merece y aprovecharemos las maravillas de la tecnología para aumentar la calidad de la sanidad y reducir su coste. Utilizaremos el sol, el viento y la tierra para alimentar a nuestros automóviles y hacer funcionar nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y universidades para hacer frente a las necesidades de una nueva era.
Todo esto podemos hacerlo. Y todo esto lo haremos.

Algunos cuestionan la amplitud de nuestras ambiciones y sugieren que nuestro sistema no puede tolerar demasiados grandes planes. Sus memorias son cortas. Porque han olvidado lo que este país ya ha hecho; lo que hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une al interés común y la necesidad a la valentía.

Lo que no entienden los cínicos es que el terreno que pisan ha cambiado y que los argumentos políticos estériles que nos han consumido durante demasiado tiempo ya no sirven.

La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno es demasiado grande o pequeño, sino si funciona -ya sea para ayudar a las familias a encontrar trabajos con un sueldo decente, cuidados que pueden pagar y una jubilación digna. Allí donde la respuesta es sí, seguiremos avanzando y allí donde la respuesta es no, pondremos fin a los programas. Y a los que manejamos el dinero público se nos pedirán cuentas para gastar con sabiduría, cambiar los malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día, porque sólo entonces podremos restablecer la confianza vital entre un pueblo y su gobierno.

La cuestión para nosotros tampoco es si el mercado es una fuerza del bien o del mal. Su poder para generar riqueza y expandir la libertad no tiene rival, pero esta crisis nos ha recordado a todos que sin vigilancia, el mercado puede descontrolarse y que una nación no puede prosperar durante mucho tiempo si favorece sólo a los ricos. El éxito de nuestra economía siempre ha dependido no sólo del tamaño de nuestro Producto Nacional Bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad, de nuestra habilidad de ofrecer oportunidades a todos los que lo deseen, no por caridad sino porque es la vía más segura hacia el bien común.

En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros padres fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, redactaron una carta para garantizar el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha expandido con la sangre de generaciones. Esos ideales aún alumbran el mundo y no renunciaremos a ellos por conveniencia. Y a los otros pueblos y gobiernos que nos observan hoy, desde las grandes capitales al pequeño pueblo donde nació mi padre: sabed que América es la amiga de cada nación y cada hombre, mujer y niño que persigue un futuro de paz y dignidad y de que estamos listos a asumir el liderazgo una vez más.

Recordad que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y al comunismo no sólo con misiles y tanques, sino con sólidas alianzas y firmes convicciones. Comprendieron que nuestro poder solo no puede protegernos ni nos da derecho a hacer lo que nos place. Sabían por contra que nuestro poder crece a través de su uso prudente, de que la seguridad emana de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y las cualidades de la templanza, la humildad y la contención.

Somos los guardianes de este patrimonio. Guiados de nuevo por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen aún mayor esfuerzo – incluso mayor cooperación y entendimiento entre las naciones. Comenzaremos a dejar Irak, de manera responsable, a su pueblo, y forjar una paz ganada con dificultad en Afganistán.
Con viejos amigos y antiguos contrincantes, trabajaremos sin descanso para reducir la amenaza nuclear y hacer retroceder el fantasma de un planeta que se calienta. No vamos a pedir perdón por nuestro estilo de vida, ni vamos a vacilar en su defensa, y para aquellos que pretenden lograr su fines mediante el fomento del terror y de las matanzas de inocentes, les decimos desde ahora que nuestro espíritu es más fuerte y no se lo puede romper; no podéis perdurar más que nosotros, y os venceremos.
Porque sabemos que nuestra herencia multiétnica es una fortaleza, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos y e hindúes – y de no creyentes. Estamos formados por todas las lenguas y culturas, procedentes de cada rincón de esta Tierra; debido a que hemos probado el mal trago de la guerra civil y la segregación, y resurgido más fuertes y más unidos de ese negro capítulo, no podemos evitar creer que los viejos odios se desvanecerán algún día, que las lineas divisorias entre tribus pronto se disolverán; que mientras el mundo se empequeñece, nuestra humanidad común se revelará; y América tiene que desempeñar su papel en el alumbramiento de una nueva era de paz.
Al mundo musulmán, buscamos un nuevo camino adelante, basado en el interés mutuo y el respeto mutuo. A aquellos líderes en distintas partes del mundo que pretenden sembrar el conflicto, o culpar a Occidente de los males de sus sociedades – sepáis que vuestros pueblos os juzgarán por lo que que podesis construir, no por lo que destruyais.
A aquellos que se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y la represión de la disidencia, teneis que saber que estáis en el lado equivocado de la Historia; pero os tenderemos la mano si estáis dispuestos a abrir el puño.
A los pueblos de las naciones más pobres, nos comprometemos a colaborar con vosotros para que vuestras granjas florezcan y dejar que fluyan aguas limpias; dar de comer a los cuerpos desnutridos y alimentar las mentes hambrientas. Y a aquellas naciones que, como la nuestra, gozan de relativa abundancia, les decimos que no nos podemos permitir más la indiferencia ante el sufrimiento fuera de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos del mundo sin tomar en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros tenemos que cambiar con él.
Al contemplar la ruta que se despliega ante nosotros, recordamos con humilde agradecimiento aquellos estadounidenses valientes quienes, en este mismo momento, patrullan desiertos lejanos y montañas distantes. Tienen algo que decirnos, al igual que los héroes caídos que yacen en (el cementerio nacional de) Arlington susurran desde los tiempos lejanos. Les rendimos homenaje no sólo porque son los guardianes de nuestra libertad, sino también porque encarnan el espíritu de servicio; la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Sin embargo, en este momento -un momento que definirá una generación- es precisamente este espíritu el que tiene que instalarse en todos nosotros.
Por mucho que el gobierno pueda y deba hacer, en última instancia esta nación depende de la fe y la decisión del pueblo estadounidense. Es la bondad de acoger a un extraño cuando se rompen los diques, la abnegación de los trabajadores que prefieren recortar sus horarios antes que ver a un amigo perder su puesto de trabajo, lo que nos hace superar nuestros momentos más oscuros. Es la valentía del bombero al subir una escalera llena de humo, pero también la voluntad del progenitor de cuidar a un niño, lo que al final decide nuestra suerte.
Nuestros desafíos podrían ser nuevos. Las herramientas con que los hacemos frente podrían ser nuevas. Pero esos valores sobre los que depende nuestro éxito – el trabajo duro y la honestidad, la valentía y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo – esas cosas son viejas. Esas cosas son verdaderas. Han sido la fuerza silenciosa detrás de nuestro progreso durante toda nuestra historia. Lo que se exige, por tanto, es el regreso a esas verdades. Lo que se nos pide ahora es una nueva era de responsabilidad – un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos deberes para con nosotros, nuestra nación, y el mundo, deberes que no admitimos a regañadientes, sino que acogemos con alegría, firmes en el conocimiento de que no hay nada tan gratificante para el espíritu, tan representativo de nuestro carácter que entregarlo todo en una tarea difícil.
Este es el precio y la promesa de la ciudadanía.
Esta es la fuente de nuestra confianza – el saber que Dios nos llama a dar forma a un destino incierto.
Este es el significado de nuestra libertad y de nuestro credo – por lo que hombres y mujeres y niños de todas las razas y de todas las fes pueden unirse en una celebración a lo largo y ancho de esta magnífica explanada, por lo que un hombre cuyo padre, hace menos de 60 años, no habría sido servido en un restaurante ahora está ante vosotros para prestar el juramento más sagrado.
Así que, señalemos este día haciendo memoria de quiénes somos y de lo largo que ha sido el camino recorrido. En el año del nacimiento de América, en uno de los más fríos meses, una reducida banda de patriotas se juntaba ante las menguantes fogatas en las orillas de un río helado. La capital se había abandonado. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en que el desenlace de nuestra revolución estaba más en duda, el padre de nuestra nación mandó que se leyeran al pueblo estas palabras:
«Que se cuente al mundo del futuro que en las profundidades del invierno, cuando nada salvo la esperanza y la virtud podían sobrevivir … la urbe y el país, alarmados ante un peligro común, salieron a su paso.»
América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras privaciones, recordemos esas palabras eternas. Con esperanza y virtud, sorteemos nuevamente las corrientes heladas, y aguantemos las tormentas que nos caigan encima. Que los hijos de nuestros hijos digan que cuando fuimos puestos a prueba nos negamos que permitir que este viaje terminase, no dimos la vuelta para retroceder, y con la vista puesta en el horizonte y la gracia de Dios encima de nosotros, llevamos aquel gran regalo de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones venideras.
Gracias, que Dios os bendiga, que Diós bendiga a América.

***

To the people of poor nations, we pledge to work alongside you to make your farms flourish and let clean waters flow; to nourish starved bodies and feed hungry minds. And to those nations like ours that enjoy relative plenty, we say we can no longer afford indifference to suffering outside our borders; nor can we consume the world’s resources without regard to effect. For the world has changed, and we must change with it.

This is the meaning of our liberty and our creed – why men and women and children of every race and every faith can join in celebration across this magnificent mall, and why a man whose father less than sixty years ago might not have been served at a local restaurant can now stand before you to take a most sacred oath. So let us mark this day with remembrance, of who we are and how far we have traveled. In the year of America’s birth, in the coldest of months, a small band of patriots huddled by dying campfires on the shores of an icy river. The capital was abandoned. The enemy was advancing. The snow was stained with blood.

At a moment when the outcome of our revolution was most in doubt, the father of our nation ordered these words be read to the people:

«Let it be told to the future world…that in the depth of winter, when nothing but hope and virtue could survive…that the city and the country, alarmed at one common danger, came forth to meet [it].»

America. In the face of our common dangers, in this winter of our hardship, let us remember these timeless words. With hope and virtue, let us brave once more the icy currents, and endure what storms may come. Let it be said by our children’s children that when we were tested we refused to let this journey end, that we did not turn back nor did we falter; and with eyes fixed on the horizon and God’s grace upon us, we carried forth that great gift of freedom and delivered it safely to future generations.»