Bogotá

En Bogotá más de 1.100 muertes anuales se asocian con la contaminación del aire

–Respirar en la capital del país sigue siendo un riesgo silencioso para la salud. Enfermedades respiratorias producidas o agravadas por contaminantes del aire como el dióxido de nitrógeno y el ozono se concentran con mayor fuerza en localidades como Kennedy, Engativá, Suba, Bosa y Ciudad Bolívar, zonas atravesadas por tráfico intenso, alta densidad poblacional y baja cobertura arbórea. La descarbonización de la flota vehicular sería la medicina más acertada para esta epidemia del aire capitalino.

En Bogotá, las alarmas por emergencias ambientales suelen centrarse en el material particulado, un conjunto de partículas microscópicas que permanecen suspendidas en el aire y que, al ser inhaladas, pueden afectar directamente la salud, y aunque en muchas ocasiones el aire cumple con los límites legales colombianos, constantemente supera los estándares internacionales de seguridad sanitaria.

Dos gases peligrosos: el dióxido de nitrógeno –un gas tóxico que sale principalmente de los tubos de escape de los vehículos– y el ozono a nivel del suelo –que se forma cuando otros contaminantes reaccionan con la luz solar– han mantenido a la ciudad en un estado de riesgo crónico durante la última década.

Según datos oficiales, entre 2013 y 2023 la ciudad respiró aire con niveles peligrosos de dióxido de nitrógeno durante 2.938 días, con episodios que duraron hasta 87 días seguidos por encima del límite seguro. Por su parte, el ozono superó el umbral de seguridad en 127 días, con rachas de hasta 10 días consecutivos de aire contaminado, cifras por encima del límite recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Entre 2013 y 2019 la exposición prolongada a estos contaminantes se asoció con más de 1.100 muertes anuales por causas naturales en adultos, según lo demostró Mónica Tatiana Herrera Escalante, magíster en Ingeniería Ambiental de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), quien adelantó un estudio integrando miles de datos de la Red de Monitoreo de Calidad del Aire de Bogotá, además del modelo DAUMOD-GRS –una herramienta científica que simula cómo se dispersan y transforman los contaminantes en la atmósfera–, y por último aplicó el software AirQ+ de la OMS, que calcula el impacto en salud usando fórmulas epidemiológicas validadas internacionalmente.

“A pesar de que recientemente la OMS ajustó sus guías de calidad del aire haciendo sus recomendaciones mucho más estrictas para estos contaminantes, Colombia sigue manejando una resolución bastante antigua, la de 2017. Eso hace necesario actualizarla y que los estudios también se enfoquen en estos gases”, detalla la investigadora.

Los resultados de su análisis revelaron que en Bogotá la exposición continua al dióxido de nitrógeno es responsable de aproximadamente el 4,3 % de todas las muertes naturales en adultos mayores de 30 años. Esto significa que de cada 100 fallecimientos por causas naturales, más de 4 están vinculados a este contaminante.

El impacto es aún más dramático en enfermedades respiratorias específicas, pues hasta el 12 % de las muertes por infecciones respiratorias agudas bajas y el 6,3 % de las muertes por enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) se pueden atribuir al dióxido de nitrógeno.

“Dicho gas inflama los bronquios haciendo que las personas con asma o EPOC sean más susceptibles a crisis graves y hospitalizaciones, y en casos severos a la muerte. En términos absolutos estamos hablando de más de 1.100 muertes anuales evitables solo por la exposición a este gas”, agrega la magíster.

El cruce de datos identificó a Kennedy como la localidad más afectada, con un estimado de 3.187 muertes atribuibles al dióxido de nitrógeno en el periodo de estudio. Esta cifra incluye 1.929 muertes por causas naturales en adultos, 162 por EPOC y 170 por infecciones respiratorias agudas.

A esta localidad le siguen Engativá (2.157 muertes atribuibles), Suba (1.902), Bosa (1.736) y Ciudad Bolívar (1.571), zonas que comparten características como alta densidad poblacional, poca zona arbórea, tráfico vehicular intenso, y en algunos casos actividad industrial significativa.

Según el estudio, aunque el ozono es menos letal que el dióxido de nitrógeno, presenta un patrón de riesgo propio, ya que su impacto se siente más en la mortalidad cardiovascular y general durante episodios agudos de alta concentración. La investigación detectó que, en años con mayores picos de ozono, como 2016 y 2020, hubo aumentos notables en muertes atribuibles a enfermedades cardiovasculares.

“Un hallazgo particularmente relevante del análisis es la vulnerabilidad diferenciada por género: las mujeres se ven más afectadas que los hombres por ambos contaminantes, especialmente en cuanto a mortalidad general atribuible al dióxido de nitrógeno. Esto obedecería a diferencias biológicas, respuestas inmunológicas distintas o patrones de exposición diferentes relacionados con actividades diarias y ocupaciones”, comenta la experta.

La demostración más clara de la relación causal entre contaminación y salud llegó durante la pandemia, cuando el confinamiento redujo el tráfico vehicular y las concentraciones de dióxido de nitrógeno cayeron hasta un 58 %. Simultáneamente el modelo epidemiológico mostró cambios en los patrones de mortalidad atribuible, confirmando que las consecuencias en salud varían al alterar la exposición.

La investigación no se limitó a medir el problema, sino que además utilizó el modelo DAUMOD-GRS para simular cómo reaccionaría la calidad del aire de Bogotá ante diferentes políticas públicas, traduciendo después esos cambios en vidas salvadas mediante herramientas epidemiológicas. Los resultados ofrecen un mapa claro sobre qué caminos funcionan y cuáles son insuficientes.

El primer escenario reflejó la realidad actual: utilizando el inventario de emisiones de la ciudad se estimó que el aire contaminado por dióxido de nitrógeno causaba aproximadamente 2.368 muertes evitables al año en toda Bogotá, con localidades como Suba, Kennedy y Engativá llevando la peor parte de esta carga sanitaria. Este fue el punto de partida contra el cual se midieron todas las alternativas.

El escenario más impactante probó qué pasaría si el diésel se prohibiera totalmente en la ciudad. Al eliminar virtualmente este combustible, que contribuye con cerca del 63 % de las emisiones de dióxido de nitrógeno, las muertes atribuibles a la contaminación bajaron en un 65 %, salvando aproximadamente 1.500 vidas al año. El aire mismo cambiaría pues las concentraciones peligrosas de dióxido de nitrógeno caerían casi a la mitad, y los días en que se superan los límites seguros de la OMS pasarían de 326 a solo 1 al año.

En contraste, cuando se simuló una medida tímida: reducir solo el 10 % de las emisiones diésel, los resultados demostraron que se evitaría menos de la mitad de las muertes que reduciría la prohibición total. El aire seguiría estando por encima de los niveles seguros durante 19 días al año, y miles de bogotanos continuarían expuestos a riesgos prevenibles.

La simulación más ambiciosa, y la más reveladora, planteó una transición completa hacia una flota de transporte eléctrica y a gas natural. Este escenario no solo mejoró los resultados de la prohibición del diésel, sino que además fue el único que llevaba a Bogotá a cumplir plenamente con todos los estándares internacionales de aire limpio. Las concentraciones de dióxido de nitrógeno caerían un 77 % y las muertes atribuibles a la contaminación prácticamente desaparecerían.

Esta proyección prueba que la descarbonización total del transporte no es una utopía ambiental sino la intervención de salud pública más efectiva disponible para una ciudad en donde respirar se ha convertido en un riesgo calculado. (Información Agencia de Noticias UNAL).